Aparece un enemigo poderoso: Richelieu

Entre las personas que buscaron la ruina de Grandier se encontraba el cardenal Richelieu, quien no podía olvi­dar la ofensa recibida años atrás, cuando era sólo el prior de la pequeña población de Coussay. El abate Grandier le había negado el derecho a ocupar el primer lugar en una procesión. Richelieu juró vengarse. La ocasión se le presentó en 1633. Pero tuvo que pasar antes por la vergüenza de sufrir una nueva afrenta.
Dentro de la política adversa a los señores feudales y a los protestantes, ahora que era el hombre más poderoso de Francia, había ordenado el desmantelamiento de las murallas de Loudun, último vestigio del poder señorial. A este efecto había mandado al lugar a su consejero Martín de Laubardemont, quien al llegar a Loudun se encontró con la fuerte oposición del abate Grandier y del gobernador Juan d’Armagnac, deseosos de conservar para la ciudad su edificio más antiguo.
En aquel momento se multiplicaron las manifestaciones diabólicas en el convento, que desbordaron la casa santa para alcanzar a la ciudad entera. Los demonios repetían ahora, por boca de las posesas, el nombre de Urbano Grandier. Laubardemont se apresuró a regresar a París para exponer 1 o sucedido a su jefe. Según declaró a Richelieu no había 3a menor duda: Satanás tenía en sus garras al abate. Era preciso encerrarlo en una mazmorra y obtener su confesión por los medios que fueran necesarios.
El 6 de diciembre de 1633 fue apresado el abate Grandier al salir de celebrar una misa en la iglesia de la Santa Cruz. Para entonces se celebraban exorcismos en cuatro iglesias del lugar pidiendo a Dios que ecbara fuera los demonios del cuerpo de las queridas hermanas ursulinas, mientras algunos vecinos decían que había más locura que demonios en el estado de las religiosas. Se indignaban al ver a las iglesias ocuparse de cosas tan estúpidas. Se reunieron los consejeros de Loudun y pidieron por escrito al rey que pusiera fin a tan execrables exhibiciones que denigraban a los buenos cristinos.
Pero Laubardemont interceptó el mensaje y amenazó con una multa y la cárcel a quien volviera a dirigirse a su majestad. Los capuchinos y los carmelitas, con el apoyo de Barré y Mignon, confiaron los primeros exorcismos de verdad a diversos especialistas, los padres Lucas, Elíseo, Tranquilo y Lactancio. La cosa se complicó para el abate Grandie cuando, encontrándose en una celda, el consejero de Richelieu halló en su casa varios documentos comprometedores, entre ellos un libelo en el que se injuriaba al cardenal.
Al tenerlo en sus manos, Richelieu quedó convencido de que aquel abate miserable no era más que un hugonote enmascarado, además de agente del propio Satanás. Esperaba que Dios supiera perdonarlo después de ser debidamente quemado en la hoguera.

brujerias

Como nada tenía de qué acusarse y creía que se impondría finalmente la verdad, el abate Grandier se mostró a veces algo petulante. Más que sus improbables nexos con Satanás fue su actitud de desprecio hacia las monjas del convento, todas jóvenes, lo que condujo a este hombre a la hoguera.

Volver a Brujerías

Artículos relacionados