Exorcismo y conjuro mediante la Bola de cristal 5

La epístola es la del papa León IV, quien se dice que la envió a través de un ángel al emperador Carlos.
Leeremos una primera vez la oración solos, en voz alta. Después, la recitaremos, por segunda vez, junto con el consultante, con la máxima fe y concentración, cambiando la colocación de las velas (en la mano del consultante habrá una vela blanca, mientras que detrás del operador estará la negra).
Apaguemos ahora todas las velas, respetando el siguiente orden: 1) la negra; 2) la blanca, y 3) las que están colocadas en círculo, procediendo en sentido horario, empezando por la roja.
Ahora todas las velas están apagadas: el consultante se habrá tranquilizado y nos hablará de las sensaciones experimentadas durante el exorcismo. Sacaremos de ellas las debidas conclusiones: si el primer exorcismo no hubiera sido muy eficaz, podemos realizar un segundo exorcismo.

Final

El ritual ha terminado. Ahora estamos completamente solos en la habitación donde se ha producido el exorcismo. Salvo la esfera, los candelabros, la decoración (de cuya neutralización hablaremos después), tenemos que deshacernos definitivamente de todos los demás objetos que hayamos utilizado en este ritual. Con el Lamen podemos hacer lo que queramos, pero si decidimos deshacernos de él, es obligatorio quemarlo. Todo residuo (de pergamino, de cera, etc.) tiene que ser disperso tirándolo al mar o a un arroyo. No tiene que quedar el menor rastro, ni en esa habitación ni en ningún otro objeto que haya participado en el exorcismo, de esos residuos.
Si las fuerzas negativas no son todas anuladas, podrían regresar a esos objetos, con consecuencias desagradables tanto para el operador como para otras personas que posteriormente lleguen a entrar en esa habitación. Esas fuerzas residuales podrían incluso agredir al exor-cista en cuanto haya bajado (convencido de que el mal ha sido definitivamente derrotado) su propio consciente «mecanismo de defensa», o cuando se haya quitado las protecciones que antes se había puesto.
La habitación, las prendas, todo cuanto forma parte de la decoración, tiene que ser neutralizado y purificado.
Vamos a colocar en las cuatro esquinas de la habitación otros tantos vasos. Vamos a llenar la cuarta parte de cada vaso con sal marina gruesa (sacada de un contenedor al que acabamos de quitar el precinto) y el resto de agua. Vamos a hacer la señal de la cruz sobre cada vaso y vamos a esperar a que toda el agua evapore (la evaporación depende tanto del lugar como de la negatividad atraída a lo largo del exorcismo: por tanto, no es predeterminare).
Si la sal contenida en el vaso se sale, tendremos la prueba concreta y tangible de la presencia de las fuerzas negativas que se manifiestan en el momento de la «efervescencia» de la sal, que, desbordando del vaso, se cristaliza de manera anormal.
Sólo cuando el proceso de evaporación se ha cumplido de forma integral, sólo entonces podremos tener la razonable certeza de que en la habitación no ha quedado ninguna «presencia».
Para la purificación de la decoración, vamos a proceder de la siguiente manera.
Vamos a coger una cazuela de cobre. Vamos a echar en ella un litro de agua, tres cucharadas de sal marina gruesa, tres hojas de laurel, una cabeza de ajos, un limón. Vamos a hervirlo todo muy lentamente, hasta que el vapor del agua haya impregnado toda la habitación, las paredes, las cortinas, etc. La purificación de la decoración deberíamos hacerla por la noche, para que al día siguiente, al entrar en la habitación, la encontremos ya purificada y seca: podremos así seguir desarrollando nuestra actividad normalmente.
El hábito rojo, con el pentagrama grabado en blanco (la punta siempre hacia arriba), tendrá que ser purificado sumergiéndolo durante doce horas consecutivas en agua corriente. No tenemos que usar, de ningún modo, ningún tipo de jabón. El último aclarado tendremos que hacerlo con un agua que habremos preparado anteriormente en un recipiente donde haya hervido durante un rato largo para absorber las esencias de las hojas de hiedra verde que hayamos sumergido en ella. Vamos a tender el hábito de una zona de sombra (mejor hacerlo por la noche) procurando no restregarlo: dejemos que el agua escurra lentamente. Mientras miramos nuestro hábito ceremonial (y protector), que se seca goteando, vamos a repetir mentalmente por tres veces esta plegaria:

¡Espíritus malignos,
que con malas intenciones
habéis impregnado mi hábito,
yo os echo!
Sangre de la sal de mi vida,
hiedra que repeles y atraes hacia ti,
sed los guardianes de mi obra.
¡Amén!

Para la purificación de la esfera, vamos a atenernos a las indicaciones que encontraremos en los primeros capítulos: no vamos a repetirlas aquí.
Al final de este capítulo quisieramos citar un versículo del Corán:
«Hemos quitado el velo que te rodeaba y tu vista ahora es sutil: todo niño nace predispuesto al islam; luego sus padres hacen de él un judío, un cristiano, un adorador de estrellas».
Todo ser humano guarda, pues, en la profundidad de su alma, la pregunta:
«¿Acaso no soy yo tu Señor?»; y también la respuesta: «¡Sí!».

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