El poder

Durante los últimos días de preparación, a fin de otorgar el poder a nuestra Bola de cristal, tenemos que alcanzar un estado de absoluta calma interior: sólo así seremos verdaderamente dueños de nuestra mente. Todo sentimiento negativo, de ira, de desaliento, u otro, tendrá que ser alejado de nuestro espíritu y expulsado como si fuera un cuerpo extraño. Recordemos, además, que un vidente sin fe y sin religiosidad pierde rápidamente sus poderes.
Para el chamán yaqui Don Juan, el hombre de conocimiento tiene que desafiar y derrotar a sus cuatro enemigos naturales: un hombre sólo puede llamarse hombre conocimiento si ha sido capaz de derrotarlos a los cuatro. Para el yaqui, tenemos que darnos cuenta de que el poder adquirido a un precio tan elevado no es nuestro en realidad.
Hay que estar siempre vigilantes, sujetando con cuidado y con fe todo lo que hemos aprendido. Entonces sabremos cómo y cuándo tenemos que usar nuestro poder. Porque el poder es también el más fuerte de todos los enemigos, además de ser un aliado seguro. Después de todo, un hombre, llegado a este punto, puede llegar a ser verdaderamente invencible, porque es él quien manda. Empieza por correr riesgos calculados y acaba por crear sus propias reglas.
En esta fase puede ocurrir que no nos demos cuenta de que ha empezado a producirse un cerco negativo que puede suponer un retroceso general. Hay que llegar a darse cuenta —decía el yaqui— que el poder es verdaderamente tal cuando sabemos ejercerlo en primer lugar sobre nosotros mismos. De lo contrario, puede convertirse en un fardo pesado en el camino de la adivinación.
Si algunos utilizan sus poderes con fines lucrativos o, peor todavía, con fines nocivos o malvados respecto a sus semejantes, antes o después, las fuerzas cósmicas que los animan se desencadenarán contra esos irresponsables y tendrán un efecto desastroso. ¡Para los que tienen sabiduría no hace falta insistir más!
Para otorgar poder y fuerza a nuestra bola de cristal tenemos que hacernos con sal marina (no refinada): pongamos delante de la bola toda la sal que pueda contener nuestra mano. Después, encendamos dos velas de oro, una a la derecha y otra a la izquierda de la bola. La habitación, naturalmente, sigue siendo la misma.
Cuando estemos preparados, encendamos la vela que está a nuestra izquierda, recitando la invocación al espíritu Adonai: Encendamos luego la otra vela, recitando una vez más la invocación a los habitantes de la Tierra.
En este momento podemos imaginarnos a nosotros mismos desnudos y encadenados. Contemos lentamente hasta siete. Vamos a imaginar después que las cadenas, de forma muy lenta, pero inexorable, se rompen, cayendo de manera estruendosa a nuestros pies. Las cadenas simbolizan nuestros prejuicios, nuestros defectos, nuestros miedos inconscientes. Eran las cadenas que no nos dejaban emprender el camino que conduce al poder, hacia el cual tenemos que orientarnos con espíritu vigilante, con respeto, con temor y con una seguridad absoluta.
Ahora vamos a abrir los ojos: ¡ya nos hemos convertido en una persona nueva, sobre todo libre, en la plenitud de la felicidad del espíritu!
Demos gracias a Dios otra vez por la fuerza renovadora que nos ha infundido y, en voz alta, recitemos de nuevo la invocación a los habitantes de la tierra, los gnomos:

Rey invisible,
que haces de la Tierra
escabel de tus pies.
Tú, que para el mundo
haces llegar el eco
de tus nombres divinos.
En tus entrañas
moran los siete metales.
Condúceme hacia la maravilla
de la dimensión más alta
cuando vuelvo a Ti.
Por Ti actuamos,
buscamos, esperamos.
Para buscar la ciudad sagrada
donde plantaste las doce piedras,
para nosotros, como talismanes imperecederos.
Atiende nuestra plegaria,
levántanos de nuestra oscuridad.
¡Amén!

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