Ejemplo de sesión con la Bola de cristal

La consultante tiene 43 años y durante algún tiempo como médico-jefe en una gran clínica supermoderna. En un momento determinado, puesto que por razones de ética profesional que una institución de este tipo conlleva, no puede dedicarse exclusivamente a cada uno de sus pacientes, como ella quería, decide trasladarse a una ciudad de provincia para ejercer su profesión en privado. Empieza por interesarse en las terapias alternativas y entra en contacto con ambientes esotéricos. Sin embargo, a pesar de que personalmente está convencida de la eficacia de estas terapias, no sabe bien cómo aplicarlas.
Su pregunta es la siguiente: ¿De qué modo puedo integrar mi práctica, basada en los conocimientos de la medicina oficial, con las terapias alternativas, que incluyen el tratamiento de toda la persona?
La consultante está dotada de una fuerte intuición, pero tiene dificultad para percibir los mensajes en forma de imágenes. Utiliza la bola de cristal y después entra en trance. Por lo general, más que ver el mensaje, lo percibe. A veces, las imágenes se manifiestan ante su ojo espiritual.
Se fija en la esfera, luego se apoya contra el respaldo de la silla y cierra los ojos. De repente, ante su ojo espiritual aparece una imagen. Se ve a sí misma en su despacho, examinando los ojos de un paciente para hacer un diagnóstico por el iris. La imagen persiste durante un rato largo. Luego, de repente, desaparece y la consultante sólo ve nebulosos velos blancos. Al cabo de un rato, de estos velos surge otra imagen: la consultante se ve a sí misma entregando a su paciente tres ampollas de color marrón. La imagen desaparece rápidamente, pero ella sabe que las tres ampollas contienen medicamentos homeopáticos.
Tras esta sesión, la doctora decide integrar su práctica con la homeopatía y con el diagnóstico por el iris; y empieza a profundizar sus conocimientos de estos campos de la medicina alternativa.
El consultante tiene 46 años y lleva 18 años casado. Desde hace algún tiempo se le ha metido en la cabeza que su mujer le traiciona con otro. La mujer lo niega. Él no tiene ninguna prueba que alimente su sospecha, sin embargo su angustia aumenta día a día. Como ya no sabe qué hacer, va a consultar a una vidente. Aunque hasta ahora no había pensado nunca en el divorcio, cuando se encuentra ante ella formula la siguiente pregunta: Quiero divorciarme. ¿Cómo estaré después?
La vidente, que ha intuido que se trata de un sujeto morbosamente celoso, empieza por preguntarle por qué se quiere divorciar. El cliente reacciona de manera agresiva, objetando que eso a ella no le importa, y que lo único que tiene que hacer es contestar a la pregunta que él le ha hecho. La vidente le replica que no tiene por qué alterarse y trata de explicarle que cuando el cliente no tiene confianza en el vidente el pronóstico puede resultar poco creíble. El consultante se disculpa, después se levanta y se marcha.
Pero unos días después vuelve a presentarse sin haber pedido cita. Por consiguiente, tiene que esperar un par de horas para ser recibido. Durante la espera hace un examen de conciencia y se pregunta qué es lo que realmente quiere saber. Pero tiene las ideas confusas: ¿quiere saber realmente si su mujer le engaña o quiere tomar su decisión independientemente de ello? Cuando la vidente le invita a pasar, está tan confuso que no sabe qué decirle. Ella lo mira y luego le pregunta: «¿Cree que su mujer le engaña, verdad?» Él le pregunta que cómo lo sabe. Ella se limita a contestarle que la intuición forma parte de su profesión.
El consultante, en un principio, vacila, finalmente se decide a dirigirle la siguiente pregunta: ¿ Qué hace mi mujer cuando yo no estoy en casa?
La vidente mira en la esfera de cristal. Las primeras imágenes aparecen casi de inmediato. Ve a una mujer rubia, de unos cuarenta años, que sale de un apartamento. Se dirige hacia la parada del autobús y espera.
Coge el autobús y se apea en una gran plaza; después entra en un rascacielo. Entra en una oficina y se sienta ante una máquina de escribir. Mientras en la esfera aparecen otras imágenes, la vidente describe la imagen de la mujer y el ambiente en el que se encuentra. El cliente confirma todos los detalles. Después la vidente ve a la mujer saliendo de la oficina a eso del mediodía. Vuelve a coger el autobús, se apea, cruza la calle y entra en un supermercado; después entra en casa. Hace unas cuantas tareas domésticas. Llegan dos niños, varones, según parece. Ambos son delgados y morenos. La vidente describe todo eso y el cliente confirma también estos detalles. La vidente sigue describiendo lo que ve: la mujer termina las labores de la casa y del jardín; llama por teléfono, habla con una vecina, etc. El cliente lo confirma todo, incluida la descripción de la vecina. Se constatará después que la mujer que la vidente ha visto en la esfera es una pariente de la vecina.
La vidente no ha visto otra cosa que imágenes que corresponden a una jornada de trabajo normal y corriente. Por escrúpulo, le pregunta a su cliente si en la vida de su mujer hay también jornadas «extraordinarias». Ve varias secuencias: una disputa con el jefe de su oficina, la visita de una amiga, una tormenta que devasta el jardín, la visita a una «boutique», etc., pero no hay nada que haga pensar que las sospechas de su cliente tengan algún fundamento.
Cuando se lo dice, él parece aliviado, sin embargo no parece estar todavía convencido del todo. Ella le recomienda que reflexione sobre sus propios celos y trate de superarlos. Le recuerda su primera pregunta e intenta hacerle comprender que su problema no se resolvería ni siquiera con el divorcio. Le explica que los celos que padece se deben a la escasa confianza que tiene en sí mismo. Éste es su verdadero problema.
El cliente admite ser celoso, reconoce haberse pasado con sus sospechas y le promete que tratará de superar la inseguridad que alimenta sus infundados celos.

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