Sobre la intimidad en los rituales

Los magos y hechiceros de casi todas las culturas, a la hora de hacer sus trabajos se ocultaban de la vista del poblado. Normalmente se dirigían a lugares escondidos, ya fuese un claro del bosque o una cueva, para lograr allí la concentración necesaria a fin de que sus invocaciones tuvieran el efecto deseado.
El acto mágico es interior, de comunión con uno mismo, y la presencia de otras personas no haría sino perturbar y mermar las fuerzas psíquicas imprescindibles para llevarlo a cabo. En magia no se puede decir «hagamos este ritual o aquel otro»; cada ceremonia es un camino que uno debe emprender solo y con la absoluta seguridad de que si no alberga intenciones oscuras, nada malo va a sucederle. Lo más grave que le puede ocurrir es que se encuentre consigo mismo, con sus más íntimos deseos o temores y esto le sorprenda; pero aun así, será beneficioso porque le llevará a conocerse más y mejor.
Tal vez alguien se pregunte, ante esto, cómo es que hay brujos que hacen trabajos para otros y, en ese caso, cómo se produce ese cambio interior en la persona que encarga el ritual. La respuesta es que, a través de la ceremonia, es el mago quien cambia y, con su actitud, con sus palabras y gestos (a veces imperceptibles) produce a la vez una transformación en el consultante. Los magos realmente buenos son mucho más escasos de lo que cualquiera pueda imaginarse. Siempre es preferible hacer los trabajos de magia por uno mismo que pedírselos a un experto, a menos que se tengan las suficientes garantías acerca de su eficacia, de su sabiduría. Sólo los que hayan alcanzado un alto grado de pericia podrán realizar rituales en presencia del interesado o para terceros ya que, en este caso, serán sus propias energías las que ayudarán a su consultante a conseguir la actitud idónea que deba adoptar.