¿Quién fue el asesino de Lincoln?

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Dos presidentes norteamericanos han pasado a la historia por haber tenido, entre otras cosas, curiosos rasgos en común que obligan a reflexionar sobre ambos destinos paralelos. Fueron ellos Abraham Lincoln y John F. Kennedy, asesinados con un siglo de diferencia cuando el primero acababa de reelegirse y el segundo se disponía a hacerlo. Se ha especulado muy especialmente sobre la circunstancia de que, a partir de 1840 en que fue elegido William Henry Harrison —quien murió al mes de llegar a la Casa Blanca—, la tradición había demostrado que el presidente elegido en años múltiplos de veinte no vería terminar con vida su mandato. Moriría de muerte natural o, más seguramente, asesinado (tradición que vino a romperse en la persona del actor Ronald Reagan).

Pero hay algo más acerca del asesinato de Lincoln y Kennedy. En ambas muertes se suscitaron grandes discusiones en torno a la identidad del asesino y todavía en nuestros días se duda mucho de que los sospechosos señalados por quienes se ocupan de administrar la justicia en Estados Unidos hubieran sido los verdaderos culpables de ambos asesinatos.

Desde un principio se insistió en que Lee Harvey Oswald fue quien mató a Kennedy, a pesar de que nadie lo vio abandonar el almacén desde donde se dice que dispararon al presidente y de que tenía una puntería peor que regular según había podido demostrarse. Además, está el elemento tan desconcertante de la muerte del propio Oswald, a la vista de todos, a manos de cierto Jack Ruby que pudo prestarse a la farsa porque tenía los días contados por culpa del cáncer y que cualquier día aparece por ahí como si nada. ¿No es curioso que el pobre Oswald fuera sujetado por dos policías altos como torres, que no le permitieron moverse para que no fuera a fallar el que iba a matarlo?

Pero también en el crimen de Lincoln se produjeron contradicciones y hubo puntos oscuros que obligan a hacerse esta pregunta: ¿fue el actor John Wilkes Booth el verdadero asesino o hubo interés en culparlo del crimen mientras se dejaba en libertad, con toda intención, al culpable?

Explican los libros de historia que Abraham Lincoln recibió un solo tiro la noche del 14 de abril de 1865, apenas iniciado su segundo periodo presidencial, teniendo a un costado a su esposa y atrás al mayor Henry R. Rathbone. No pudo terminar de ver la obra que presentaban en el teatro Ford, titulada Our American Cousin, ni tampoco ninguno de los espectadores. Sufrió una prolongada agonía y fue a morir a las 7.07 de la mañana siguiente, que era sábado.

Nadie vio al asesino en el momento de disparar el arma sobre el presidente; se dijo que Rathbone intentó apresar al asesino y que éste lo amenazó con una navaja —¿no es curioso que Lincoln muriera de un tiro y no de una puñalada, arma esgrimida por el supuesto asesino, más silenciosa?-— y que saltó desde el palco hasta el escenario, tres metros más abajo, con tan poco tino que se quebró la tibia. Alguien del público gritó que aquel hombre era el actor John Wilkes Booth. Debía ser un hombre muy perspicaz, porque los demás espectadores permanecieron desconcertados.
Entonces, como si fuera un Superarían cualquiera, el hombre que se había roto la pierna salió corriendo y huyó montado en un caballo. Y fue a detenerse en otro estado, el de Maryland, en casa del Dr. Samuel A. Mudd para que le entablillase la pierna. No hay duda de que los hombres de antes aguantaban mucho más que los de hoy.

Cuando se supo que el médico había cumplido con el juramento hipocrático, las autoridades lo metieron en la cárcel y le fue bastante mal. Antes de que esto sucediera, se le había unido al prófugo cierto David E. Herold, viejo amigo sureño como él que tampoco quería nada bien al señor presidente. En realidad, en 1865 mucha gente en Estados Unidos sentía muy escaso aprecio por Abraham Lincoln, a quien acusaban de haber propiciado el estallido de la guerra civil entre el Norte y el Sur para ganar su reelección. Los dos hombres, una vez parchada la pierna del actor, corrieron a refugiarse en un almacén de hojas de tabaco cercano a Port Royal, Virginia. Quién sabe de qué medios se valieron unos soldados para averiguar que los dos hombres se ocultaban en el almacén. Llegaron al lugar y amenazaron a gritos a los de dentro con prenderle fuego si no salían en seguida. Y, sin mucho esperar, aplicaron un fósforo a las tablas resecas.

El tabaco debía ser de muy alta calidad, porque Herold salió corriendo y se rindió. Creía que así le iría mejor. Se equivocó, porque le juzgaron de inmediato y fueron a colgarlo el 7 de julio. Tal vez deseaba el alto mando que no fuera a decir algo inconveniente. En el almacén se había quedado el actor. Sonó el tiro. Se ignoraba si el presunto asesino de Lincoln se quitó la vida o si lo mató cierto sargento Boston Corbett, equivalente del moderno Jack Ruby, deseoso de hacer méritos ante sus jefes. Pero se ignora cómo logró introducirse en el almacén y por qué tenía tanto interés en acabar con el que estaba dentro.

No se permitió a nadie que no fuera autoridad competente ver el cadáver del actor, pero corrieron rumores después del entierro de que el cuerpo no era el suyo. Y algunas personas llegaron a afirmar que se había matado a un pobre diablo, a un chivo expiatorio, y que John Wilkes Booth jamás estuvo escondido en el almacén de tabaco o que logró sobrevivir y fue a retirarse a Enid, un pueblo del estado de Oklahoma.
Resulta sumamente extraño que a este lugar llegasen también, años más tarde, el sargento Boston Corbett, quien había identificado el cuerpo del hombre a pesar de encontrarse irreconocible por las quemaduras, así como Laura Keene, la mujer que presentó la obra teatral en el Ford la noche que Lincoln fue asesinado.

Errores y contradicciones en las pesquisas

Nadie tuvo, en realidad, ocasión de ver qué sucedió en el palco, porque los espectadores estaban pendientes de la obra, que debía ser muy divertida. Cuando sonó el disparo, desvió la mirada el público entero —y lo mismo hicieron los actores— hacia el palco y pudieron ver a un individuo que saltaba torpemente al escenario, como si huyera aterrado de algo o de alguien. En lugar de lanzar un gemido de dolor al caer, se dice que el sujeto miró al respetable público y pronunció tres palabras en latín, tal vez para lucirse: Sic semper tyrannus. Después abandonó el lugar renqueando, sin quejarse. ¿No era como si el sujeto sintiera deseos de ser reconocido por los espectadores?

¿Se dio prisa en abandonar el teatro porque acababa de matar al presidente o porque nada malo había hecho y se daba vuelo para no ser atrapado y acusado por el crimen que acababa de presenciar y al cual era ajeno? ¿Y por qué tuvo que huir de manera tan teatral, en lugar de hacerlo por la misma puerta que le permitió entrar en el palco, puesto que la vigilancia era prácticamente nula aquella noche?

Bastó que alguien pronunciara el nombre del actor —poco conocido, porque era francamente pésimo — para que los demás espectadores lo dieran por bueno. Y sólo los más cultos supieron comprender las tres palabras en latín, que conservarían cuidadosamente en la memoria para enriquecer más tarde los diccionarios de frases célebres. Pero todos cayeron en la cuenta, al instante, de que aquel sujeto tenía un cuchillo en la mano, no una pistola. ¿No era extraño que, después de disparar el arma, no se hubiera servido de ella para herir a Rathbone y abandonar con toda facilidad el palco y el teatro? Se hubiera evitado la molestia de quebrarse la pierna —si acaso sucedió tal cosa— y de ser reconocido. ¿Y no es extraño que el teatro no estuviese vigilado, como sucede cada vez que llega un presidente a un lugar público?

Días antes, un empleado de la Secretaría de la Guerra, de nombre Louis Weichman, había declarado ante sus compañeros de la oficina lo que sigue: había llegado a sus oídos cierta noticia confusa sobre el inminente asesinato de Lincoln. La noticia llegó a oídos del Secretario Edwin M. Stanton, quien no se molestó en iniciar una investigación para saber cuánto podía haber de cierto en el rumor. Y la noche del 14 de abril, tuvo el mayor interés en mantener alejado del teatro al general Ulysses S. Grant (quien no tardaría en convertirse en presidente, de 1868 a 1876). Y cuando Lincoln le pidió una escolta, la respuesta de Stanton fue tajante: el teatro estaba muy cerca de la Casa Blanca; el señor podía ir caminando, si tanto interés tenía en ver la función. Así que el presidente acudió a su cita con la muerte completamente desprotegido.

Stanton se presentó en el teatro Ford tan sólo unos minutos después de perpetrarse el crimen, como si supiera de antemano lo que iba a suceder. El presidente seguía con vida, pero inconsciente. Nadie había hecho aún nada por él. El teatro había sido cerrado y no se permitía a nadie abandonarlo. Sólo entonces dio órdenes el señor Secretario de la Guerra para que el herido fuese conducido al hospital y se iniciasen los interrogatorios. Una hora después daba comienzo la persecución del sospechoso. Y se hizo rumbo al sur, como si Stanton conociera el camino que tomaría el actor.
John Wilkes Booth había atravesado el río Potomac, vigilado las veinticuatro horas, a las diez y media de la noche del viernes, a pesar de cerrarse el puente todos los días a las 22 horas. Ignoraba tal vez que en aquel preciso instante atentaban contra la vida de Willian Henry Seward, Secretario de Estado, sin consecuencias fatales. Acababa de caerse de su carruaje, dijeron, rompiéndose un brazo y la quijada, y cuando se encontraba en el hospital llegó un desconocido y le asestó varias puñaladas que no tuvieron consecuencias. Salvó la vida de milagro, lo que no agradó a sus enemigos del Sur.
Lincoln murió sin haber recobrado el conocimiento. No pudo explicar nada, lógicamente, acerca de lo sucedido ni se logró identificar a su agresor. Mucho tiempo después, el Secretario de la Guerra mencionaría finalmente el nombre de John Wilkes Booth y lo acusaría de ser el asesino del presidente. Y se organizó también una partida de soldados de caballería que, como sucede en los buenos westerns, galoparon en pos de los malvados.

En el almacén de hojas de tabaco llegó a su fin la historia, oficialmente. Se echó tierra, de inmediato, a ciertos aspectos del crimen. El militar que acompañaba a Lincoln en el palco del teatro fue enviado a otro lugar distante y le ordenaron no decir nada de lo que había presenciado. En especial a la prensa.

Pero, pese a la cortina de silencio que se dejó caer sobre el asesinato del presidente Lincoln — como no fuera hacer de él un mártir de la democracia y de la lucha contra la esclavitud—, han persistido las dudas en cuanto a las circunstancias del crimen y a la identidad de su asesino, así como a las razones que condujeron a su muerte. Igual que sucedería casi un siglo más tarde con el presidente John F. Kennedy.

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