¿Qué es el mal de ojo?

El ser humano registra muchas más cosas de las que llegan a su conciencia. A través de los cinco sentidos nos llega información sumamente rica y variada de la que ni siquiera nos damos cuenta: los leves cambios de temperatura, el sonido de la calle, un olor, lo que los ojos captan gracias a la visión periférica, etc., pero sólo somos conscientes de aquello que está en el foco de la conciencia. Si estamos en medio de una discusión apasionante, difícilmente podamos descubrir los violines de un concierto que esté puesto como música de fondo y, a la inversa, si prestamos atención a los violines ni siquiera percibiremos de qué están hablando los demás. Pero nuestro inconsciente se entera de todo y en él siempre quedan huellas de lo que ocurre a nuestro alrededor.
El mal de ojo se ha relacionado casi siempre con la envidia, con el deseo irresistible de tener lo que el otro tiene o, más exacto aún, de ser como el otro es. Las palabras del genial médico y ocultista Paracelso que inician este capítulo, datan del siglo xvi y evidencian que ya entonces se atribuían enfermedades físicas a los malos deseos que alguien pudiera dirigir a otro. La persona envidiosa sufre por los éxitos ajenos y lo terriblemente doloroso para quien sufre este mal es que la envidia no siempre va acompañada por un sentimiento de odio sino, a menudo, por el de admiración.
Cuando una buena persona es envidiada por otro (que es lo que por lo general ocurre), lo primero que experimenta es desconcierto y, en cierta medida, culpa. El hecho de saber que su forma de ser o de actuar provoca dolor en un amigo, en un hermano, no es en absoluto agradable. Si una muchacha comprueba que su hermana le tiene envidia, sufre por ella y se siente mal consigo misma. Al respecto, cabe decir que nunca se envidia a la persona desconocida, a la que está lejos; saber que un desconocido que sale por televisión ha ganado la lotería, no provoca la envidia de nadie. Pero si el vecino gana un televisor en la verbena del pueblo, eso sí despertará la envidia de quienes tiene alrededor, porque siempre se envidia al que está cerca, al que podría ser como uno pero que es un poco mejor o parece tener más suerte.
Muchas personas, cuando de forma consciente o inconsciente perciben que provocan la envidia de otro, se inflingen un castigo a sí mismas enfermando, padeciendo dolores de cabeza o malestares en todo el cuerpo. El trastorno no aparece de forma voluntaria sino que es una respuesta de la mente a través del cuerpo. En cierta manera podría tomarse como una defensa ya que estando enfermas, no son tan buenas ni les va tan bien, por lo tanto no tiene sentido que nadie les tenga envidia.
Aunque parezca lo mismo, una cosa es considerar el mal de ojo como una serie de trastornos enviados por una persona envidiosa y otra, considerar este trastorno como una respuesta personal a la envidia ajena. En el primer caso, el poder de transformar el cuerpo enfermándolo está afuera, en el segundo, en el interior de uno mismo.
Considerando que está en nosotros la capacidad de alterar las funciones de nuestro organismo, es lógico deducir que también está en nosotros la capacidad de curarlo, aunque la forma más conveniente de hacerlo sea a través de la ejecución de ciertos ritos que, manejando el lenguaje simbólico del inconsciente, hacen que nuestra mente regularice todas las funciones fisiológicas.

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