Magia blanca y magia negra

magia negraEn muchos tratados sobre magia, hechicería, brujería, se ha dicho que una manera de distinguir los ritos «blancos» o buenos de los «negros» o malos es considerar si la ceremonia exige algo a cambio por parte del oficiante (por ejemplo, en magia negra es habitual hacer pactos con las fuerzas del mal u ofrecer el alma a cambio del favor solicitado). Esto es cierto pero sólo en parte; el hecho de exigir algo a cambio se utiliza tanto en la magia blanca como en la negra y en la primera, tiene como objetivo enseñarnos generosidad y humildad, por un lado, a la vez que limitar el acceso a la magia a todos aquellos que no se la tomen en serio.
La entrega de una ofrenda también es una manera de equilibrar la naturaleza, el mundo que nos rodea. Si se consigue algo que se anhela a través de un acto mágico, es justo que, en la felicidad que eso proporciona, se intente hacer algo por ayudar a otra persona que lo necesite.
No es necesario hacer ofrendas en dinero; la mayoría de las veces, nos cuesta mucho más ceder nuestro tiempo, nuestra capacidad de atención o nuestro trabajo a la hora de auxiliar al prójimo. En este sentido, este libro no propone ofrendas o actos de amor al prójimo, sino que se recomiendan como una práctica que permitirá un avance más rápido por el camino de la magia.
Vivimos inmersos en una sociedad y nuestra felicidad depende, en cierta medida, de la felicidad de los demás; somos un todo con lo que nos rodea y en la medida en que el entorno sea armónico nos sentiremos en paz con nosotros mismos y mucho más felices.
Entre las múltiples ofrendas que los chamanes, hechiceros y magos de todos los tiempos han ofrecido a los dioses a fin de aplacarles o pedirles favores, los sacrificios de sangre eran los que, aseguraban, más complacían a las deidades.
Hasta hace relativamente pocos años, estos sacrificios cruentos no sólo incluían aves o mamíferos, sino, también, seres humanos. Si bien a nosotros la costumbre de dar muerte a un niño o a una doncella virgen para contentar a un dios puede parecernos una crueldad sin límites, los pueblos que seguían estas costumbres tenían también una visión muy distinta a la nuestra acerca de la muerte; para ellos ésta no era un final, sino una forma de volver hacia el pasado, a la reunión con sus ancestros. Por esta razón no era raro que quienes iban a ser sacrificados acudieran gozosos al altar y no muertos de miedo como cabría suponer.
A medida que el hombre fue evolucionando, también lo hicieron sus rituales. Las normas morales y éticas, el respeto hacia la vida y la libertad de sus semejantes se fue acentuando en cada generación imprimiendo su huella en la magia.
Uno de los cambios importantes en este sentido es que en los ritos que incluían la muerte de un animal o de una persona se empezó a negociar con la divinidad. Se ofrecía, por ejemplo, una vaca a uno de los dioses para mejorar las cosechas; pero antes de celebrar la ceremonia, se le convencía para que, en lugar de ese animal, aceptara un cordero; luego, una gallina; de ahí, pasaban a ofrecer un huevo y, finalmente, le regalaban un puñado de pelos de la cola de un buey.
Sin embargo, en la ceremonia no se decía yo te entrego estos pelos sino yo te entrego este buey (o el primer animal que hubieran ofrecido), ya que para el chamán o el brujo, esos pelos eran una exacta representación del animal que hubieran sacrificado.
Aunque parezca pueril a nuestros ojos, aunque lo califiquemos de autoengaño, hay que tener en cuenta que lo que vale es la intención que surge del fondo de nuestra alma; uno quisiera dar a los dioses lo mejor, pero les da lo que humanamente puede, teniendo siempre en cuenta las propias limitaciones.
Pero no toda la magia evolucionó en este sentido; los magos oscuros, los que ofrecen sacrificios de sangre, los que no han evolucionado éticamente y centran sus objetivos en lograr sus deseos por medio de la privación de libertad haciendo trabajos que acarrean la ruina ajena, aún existen: son los magos negros.
Desde luego ellos también despiertan en sí mismos capacidades dormidas, pero las entrenan para causar daño. Todos tenemos la posibilidad de aprender a manejar con increíble precisión un instrumento cortante, pero mientras unos la utilizan para manejar un bisturí, otros la emplean para manejar una espada.

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