Los vampiros

El vampiro no es un ser fantástico, sino un demonio. Sin embargo, como veremos, muestra muchas características humanas, por supuesto simbólicas.
Actualmente, pensamos ipso facto en el héroe de la novela de Bram Stocker, Drácula, y en todo el universo aterrador, mórbido y malsano que le rodea, pero que ejerce una especie de fascinación sobre nuestras civilizaciones desde hace aproximadamente un siglo, sin duda proporcional a las ansias irracionales de prolongar nuestra esperanza de vida o imponer nuestra cultura occidental al mundo, nuestro saber, nuestra fuerza y nuestro poder.

El vampiro, un mito moderno

Así, pues, durante el siglo XX, que fue testimonio de los horrores raramente igualados en el curso de la historia -lo que tal vez explique que el paso del año 1999 al año 2000, que no concluye el siglo XX ni el II milenio, no tiene más interés en la mente de los hombres y mujeres de una parte del mundo, que el de representar una oportunidad de entrar en una nueva era, dando la espalda a los desastres, horrores y masacres que fueron llevados a cabo por razones económicas, filosóficas, ideológicas y religiosas, engañosas e innobles-, algunos han visto en los tiranos sanguinarios, que no se han olvidado de dejar su huella en el mundo contemporáneo, figuras de vampiros alimentándose de la sangre, sustancia vital, de hombres y mujeres, para sobrevivir a toda costa o aumentar su fuerza, su poder y su potencia.

En 1915 y 1916, justo al final de la Primera Guerra Mundial -que fue una verdadera carnicería-, apareció en las primeras pantallas de cine, en forma de serial de misterio y de aventuras -anticipándose a las famosas series difundidas en la actualidad en todas las cadenas de televisión del mundo, que atontan a millones de individuos cada día-, una película francesa de nueve episodios, dirigida por el cineasta Louis Feuillade y titulada Les Vampires. En su tiempo, tuvo un éxito muy sonado, quizá porque los testimonios y los supervivientes de esta desastrosa guerra, que sería el origen de otra guerra, todavía más sangrienta y devastadora, veían en estos vampiros cinematográficos representaciones imaginarias y simbólicas de las naciones que se alimentaban de la sangre de sus hijos…

Drácula

Drácula

Mientras, durante los años veinte -destrozados por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, que acabamos de mencionar-, Alemania estaba sufriendo entonces una crisis económica, social y política grave, en cuyo seno aparecieron las primeras semillas de la ideología nazi, el director de cine alemán Friedrich Wilhelm Murnau dirigía la película Nosferatu (Nosferatu, Eine Symphonie des Grauens), en la que aparece un vampiro y sobre la cual el escritor y crítico de cine Rene Boussinot declaró: Esta película, considerada acertadamente una obra maestra del cine fantástico, expresa de manera admirable el desconcierto de una época y la confusión de un alma. (Rene Boussinot, Enciclopedia del cine, 1980.)

El vampiro, un mito eterno

Sin embargo, si el vampiro tomó forma en las pantallas del cine y fue una figura imaginaria inspirada en personajes reales, responsables de las masacres y atrocidades ya conocidas, y supuso, pues, el pretexto para una especie de exorcismo adaptado al mundo moderno, no por eso deja de ser una transposición de un mito mucho más antiguo, que se remonta a los orígenes de la humanidad y que ha subsistido a toda su historia, durante milenios, y a lo que hoy consideramos la evolución humana.

Como es sabido, una de las características del vampiro es que se alimenta de sangre de hombres y mujeres. En efecto, vaciando de sangre a los seres vivos, absorbe toda su vitalidad, lo que le permite regenerarse y desafiar a la muerte. Sin embargo, según muchas creencias que se remontan a la noche de los tiempos, y uno de cuyos testimonios está en el mismo nombre de Adán, que, si lo leemos según el código de la cábala hebraica, significa «el Aleph en la sangre» -A, Aleph, Dan, sangre-, también es el espíritu o el alma del ser humano que mora y circula en su sangre. De tal manera, en un principio, la antropofagia o canibalismo procedía de prácticas rituales post mortem, es decir, necrófagas. La finalidad de estos rituales para quienes los llevaban a cabo era apropiarse de las cualidades, pero también la memoria viva, de una persona que formaba parte de un clan, para aumentar el poder, la resistencia y, por consiguiente, las posibilidades de supervivencia de dicho clan. Por más monstruoso que nos parezca hoy, estos ritos tuvieron tal vez una necesidad vital que se nos escapa, pero que podemos comprender cuando observamos el apego a veces mórbido y obsesivo que todavía sentimos por determinadas cosas que hemos perdido o por determinados seres que nos han dejado.

Estos rituales parecen haber subsistido en algunas tribus primitivas de África hasta una época relativamente reciente, pero parece ser que los primeros vampiros que chupan la sangre, tal como nos los imaginamos hoy, se hallan en el universo de los demonios y fantasmas de la antigua China. Así que, las guerras y todos aquellos que, con la excusa de la religión y los dogmas, se otorgan la potestad de matar, son el origen del mito del vampiro a partir del II milenio de nuestra era. Estos fanáticos cobran el aspecto de muertos vivientes que chupan la sangre de sus víctimas. Pero, en el caso del vampiro, el muerto viviente que chupa sangre contagia su mal. Cuando muerde, su víctima se transforma a su vez en un vampiro. Finalmente, hay que destacar también que todo ser que tiende a «alimentarse» de los demás, de sus sentimientos, de sus ideas, de las riquezas que posee a veces sin saber utilizarlas él mismo, es una representación del vampiro. ¿No podemos, pues, considerar que todas estas entidades que reinan en el comercio internacional explotando el trabajo de los otros se están convirtiendo en los «vampiros» del siglo XXI…?