Los presagios meteorológicos

Algunos refranes y dichos eran, en un principio, presagios. Analizaremos uno de ellos en particular e intentaremos demostrar que todavía podría sernos útil.
La mayoría de los presagios, establecidos por nuestros antepasados tras observar atenta y pacientemente la naturaleza, se convirtieron en refranes o dichos. Los divulgamos y los escuchamos siempre con una mezcla de respeto e ironía, considerando que se trata de restos de una sabiduría popular y ancestral pasada de moda. Sin embargo, nunca hemos sentido la curiosidad de emprender una comprobación de lo que sigue siendo una evidencia para muchos de nosotros, aunque no creamos en ellos realmente. Por ejemplo, ¿quién no ha pronunciado o escuchado alguna vez en su vida el famoso «Hasta el 40 de mayo no te quites el sayo»? Pues bien, debemos constatar que, al menos ocho de cada diez veces, las declaraciones de este refrán, que es un verdadero tópico, se verifican.
Hoy, los progresos tecnológicos y los envites financieros de la economía mundial son tan importantes que, más que nunca, por razones exclusivamente comerciales —por dinero y poder, se suele decir simplificando, pero con razón—, los climatólogos y meteorólogos disponen de medios e instrumentos cada vez más sofisticados para observar, estudiar y analizar los movimientos caóticos de las innumerables corrientes de aire caliente y frío que rodean la troposfera, para realizar previsiones lo más precisas posible.
Así pues, el ser humano no se conforma sólo con observar los elementos, sino que desea ser el dueño, situarse en medio del ciclón y, por qué no, poder conducirlo y dirigirlo hacia el objetivo escogido; puesto que, no nos engañemos, todo dominio suscita tarde o temprano el abuso, como podemos comprobar habitualmente al leer el periódico. De una manera más simple, y también más inocente, presentaremos un refrán o dicho recurrente, e intentaremos demostrar su utilidad práctica. En realidad, son principalmente las personas que viven en el campo las que se ven afectadas por la mayoría de los refranes; puesto que, por razones evidentes, todavía viven al ritmo de las estaciones, aunque la agricultura intensiva y los productos químicos que hoy se emplean en elevadas dosis -con las consecuencias lastimosas y a veces catastróficas que tienen estas prácticas, que por desgracia se han vuelto habituales en nuestro medio ambiente- falsifican las reglas del juego de la naturaleza. Pero a la luz de este presagio, convertido en refrán o dicho, y que fue seguramente aplicado por nuestros antepasados después de largas y minuciosas observaciones, nos daremos cuenta de que quizá nos equivocamos al ignorar este patrimonio en favor de investigaciones que parecen más fiables por ser científicas, pero no siempre nos permiten, ni mucho menos, prever ni anticipar los acontecimientos. La meteorología es una ciencia que ha progresado mucho en los últimos años. No hay ninguna razón para decir que sus observaciones no son correctas y precisas o, al menos, para negar que cada vez aciertan más. Pero en nuestra opinión, es una lástima privarnos de observaciones que han sido demostradas y que, con ayuda de modernos instrumentos de investigación, acaso sólo se trataría de repetirlas…
Ejemplo de un refrán fácil de comprobar
Tomemos, pues, el ejemplo de un dicho europeo de orígenes tan antiguos, que no lo podemos situar históricamente en un período concreto: «Observa cómo transcurren los doce días siguientes al de Navidad, porque según estos doce días transcurrirán los doce meses».
Este dicho se basa en un principio muy sencillo, ya utilizado por los celtas hace al menos dos mil años y que practicaban los druidas. En muchos lugares de España, este dicho se aplica también al mes de agosto, y se conoce popularmente como el cálculo de las «cabañuelas».
Ateniéndonos al refrán, basta con observar atentamente el cielo durante los 12 días que siguen al día de Navidad. Sin embargo, como sabemos, Navidad es una fiesta cristiana, que celebra el nacimiento de Jesús y cuya fecha es el 24 de diciembre, la cual fue escogida relativamente en tiempos recientes, de lo cual se deduce que ésta no era la fecha que los druidas tenían en cuenta para establecer sus previsiones meteorológicas anuales, sino con más seguridad, el día del solsticio de invierno, que se produce actualmente el 21 o 22 de diciembre de cada año. En efecto, el solsticio de invierno fue considerado por nuestros antepasados durante mucho tiempo como el primer día del año, ya que marca el momento de la noche más larga del año y el día más corto que, simbólicamente, corresponde a un renacimiento y a una victoria de la luz sobre las tinieblas. Por eso, si queremos comprobar la veracidad de los hechos que este dicho establece, para ser precisos y coherentes, bastaría con observar atentamente el cielo durante los 12 días, o para ser más exactos, 12 veces las 24 horas, que siguen al instante preciso del solsticio de invierno. Por ejemplo, si hubiéramos deseado observar la evolución del clima en cualquier lugar del mundo durante los 12 días que siguieron al solsticio de invierno del año anterior, podríamos
haber establecido previsiones meteorológicas para los 12 meses siguientes, porque el tiemp>o de cada día que sigue al solsticio da una idea del clima que se tendrá para el mes venidero correspondiente (1er día: enero, 2° día: febrero, 3er día: marzo, etc.). Al respecto, supongamos que al quinto día, muy de madrugada, una tormenta de alcance excepcional se desencadena ante nuestros ojos.
Si nos atenemos a este refrán o presagio, todo hace suponer que el mes de mayo del año siguiente, es decir el quinto mes del año, será un mes en el que cabrá esperar fuertes tormentas en la zona en que se han calculado las cabañuelas.
De hecho, este dichcl no es más que un método mediante el que establecer presagios y previsiones útiles con fines preventivos.