La vida después de la muerte

¿Tenemos una o varias vidas? ¿Estamos destinados a nacer, morir y renacer? ¿De dónde proceden las creencias en vidas anteriores?
«Cuanto más envejezco, más creo en la inmortalidad, porque cuanto más viejo soy, más preparado estoy para vivir», decía el filósofo americano William James (1842-1910) al final de su existencia. Las creencias en la inmortalidad del alma, en posibles vidas anteriores y probables reencarnaciones, sostienen la existencia de un más allá y una vida diferente, en otro plano, después que un ser ha dado su último respiro. Ahora bien, esta hipótesis de una vida después de la muerte -que los especialistas llaman hoy «postvida»-apunta algunas cuestiones previas, a las cuales todos deberíamos estar en condiciones de responder, sobre el alma y la conciencia, a ser posible haciendo abstracción de las creencias e ideas respecto a este tema. En efecto, ocurre muy a menudo que los adeptos e incondicionales de la inmortalidad del alma, su liberación y paso garantizado a la postvida, fascinados o cegados por la perspectiva de no morirse, se olvidan de interrogarse sobre su propia actitud frente a la muerte.

¿Qué es la muerte?

Si no una fatalidad, es al menos la fase última que nos espera a todos y de la que nadie se escapa.
«Entramos, gritamos: es la vida. Gritamos, salimos: es la muerte», dice un adagio de la Edad Media. Lo queramos o no, la muerte forma parte de la vida. Los sueños de inmortalidad siempre han estado muy presentes en el hombre; por tal razón siempre ha hecho o ha visto a sus dioses como inmortales. Sin embargo, nunca se ha formado una imagen de ella muy gratificante o idílica, como si no hubiera sido humanamente accesible y factible.
Pronto tuvo el presentimiento de que no se podía pensar en la inmortalidad sin la alteración ni transformación de la envoltura carnal, del aspecto terrestre. La perspectiva de esta metamorfosis que podría implicar una pérdida de nuestras facultades, nuestra conciencia, nuestro yo, de todo lo que somos, producía evidentemente cierta angustia. Tenían que encontrar justificaciones y razones para todo ello.

La manera de ver la muerte según las civilizaciones

Para los sumerios, el difunto entraba en el Kur, el «Gran Abajo». Allí, presentaba ofrendas a los dioses con los que se quería conciliar. Luego era acogido por otros muertos, con los que viviría en el «País sin retorno».
Para los egipcios, el alma del difunto accedía al reino del Am-Duat, donde se beneficiaba de los favores de Osiris, dios de la inmortalidad. Pero antes de vivir en paz toda la eternidad, el alma tenía que conocer una segunda muerte y una resurrección. Para ello, el alma sufría varias pruebas, reveladas en el Libro de los muertos, llamado así por los arqueólogos que encontraron el manuscrito, pero que sería más correcto traducir como Libro de la salida a la luz del día. En el antiguo Egipto, la muerte no era considerada como un final en sí mismo, sino como un nacimiento. En la India, las creencias en la reencarnación se basan en un sistema complejo que permite saber si el alma del difunto volverá o no a la Tierra. Según el hinduismo, existen 16 puertas divididas en 3 grupos por las que el alma puede salir. Según el grupo de puertas por las que se escapa, podrá acceder el difunto a un reino superior, o tal vez renacerá, o bien, finalmente, se transfigurará y entrará definitivamente en un ciclo de renacimientos. Como vemos, en la India la supervivencia del alma está más bien considerada una nueva prueba, mientras que su transfiguración se ve como una liberación. Lo que resulta seguro es que la reencarnación, contrariamente a la muerte, no es una fatalidad, sino una oportunidad de redimir nuestras faltas renaciendo en la Tierra. Debemos subrayar bien estos matices, ya que a menudo, en Occidente, se interpreta erróneamente esta doctrina, creyendo que, después de la muerte, se nos promete otra vida en la Tierra. Ahora bien, sean cuales sean los ritos, los mitos, las creencias de los pueblos de la Antigüedad relacionadas con la supervivencia del alma después de la muerte (algunas todavía existentes hoy día) no se nos explica la necesidad y la fatalidad de la muerte. Así, la explicación científica moderna de la degeneración de las células debido al envejecimiento no es suficiente como respuesta a la pregunta de por qué morimos. Sin embargo, debemos subrayar que mientras hoy tenemos tendencia a oponer la muerte a la vida, antiguamente se enfrentaban más fácilmente a la muerte como un renacimiento en una vida diferente.

Testimonios

Las dificultades de la vida, el miedo a vivir, los sufrimientos y dramas humanos acentúan la angustia de morir. Así pues, nuestros contemporáneos buscan razones para creer en una posible supervivencia del alma después de la muerte. Actualmente, por el hecho de haber perdido los puntos de referencia que son los dioses, los mitos y símbolos a los que se referían nuestros antepasados, avanzamos a tientas en la niebla durante su búsqueda.
Desde hace algunos años, por todas partes surgen numerosos testimonios de personas que han experimentado el fenómeno de la supervivencia del alma, de la muerte vista como un paso o un nacimiento del que podemos aprender la lección siguiente: la muerte, según quienes la han experimentado, no es dolorosa. Tiene muchas similitudes con el nacimiento de un niño durante el parto (visión de un largo túnel por el que avanzamos y al final del cual aparece una luz resplandeciente, cegadora, que nos atrae, bienhechora). Durante este paso, somos perfectamente conscientes de nuestros actos buenos y malos que parecen formar parte integrante de nosotros mismos. Somos, pues, nuestro propio juez, lo que confirmaría los principios enunciados por el karma hinduista. También en este paso descubrimos en nosotros mismos facultades que nos eran desconocidas, como la capacidad de volar como un pájaro, por ejemplo.
Finalmente, es el espíritu, la luz y la vida quienes dominan. Todo ser que haya vivido esta experiencia última y haya vuelto, está en la vida.

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