La mujer Piscis y el amor

No hay nadie más romántico, ni más enamorado que la mujer Piscis: para ella nada es más natural que amar. Sólo reivindica ese derecho y sólo tiene un deseo: encontrar a un hombre que acepte su cariño, que se deje amar como nadie le ha amado jamás. Nada es más ajeno a la idea del amor que se hace la nativa de Piscis que las relaciones tempestuosas, hechas de rupturas y reconciliaciones, de dolor y felicidad entremezclados. Ella sólo quiere ser parte del ser amado, fundirse en él, dejarse inundar por el sentimiento. Concibe el amor como una comunión, una sensación, un éxtasis que excluye toda reflexión y la colma de felicidad.
Sin un hombre a quien amar se encuentra como un drogadicto con síndrome de abstinencia. Por ello, se le atribuye a menudo un temperamento ardiente e hipersensual. Nada es más injusto. El amor físico no es para ella sino un medio: considera el cuerpo como un camino para acceder al alma. Su sensualidad tiene que ver más con el misticismo que con otra cosa.
Siendo así, es evidente que corre el peligro de tener más decepciones que satisfacciones en su vida amorosa. Pocos hombres son capaces de asumir semejante avalancha afectiva, que les atrae y les asusta a la vez pues, si bien ese amor tiene cualidades excepcionales, también supone una exigencia desmesurada. Basta una mirada, un gesto desabrido o una palabra a destiempo para que la mujer Piscis salga del universo maravilloso en el que tan feliz es. Deja de amar sin sufrimiento y el hombre al que adoraba el día anterior pasa a ser menos que nada para ella.
Conserva siempre intacta su disponibilidad; su capacidad para ilusionarse con un nuevo amor es inagotable: vive en una especie de estado de gracia.
Esto es lo que Richard Burton, el galán apasionado, el Escorpio violento, no comprendió jamás de Liz Taylor, la Piscis de corazón múltiple.

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