Hechicería en el siglo XV

El siglo XV fue testigo de un torrente de literatura sobre la hechicería y los juicios de brujas. A partir de 1427, las octavillas contra la hechicería se multiplicaron, y en 1486 se publicó en Alemania la destacada Malleus Maleficarum (El martillo de la hechicería), escrita por los inquisidores Henricus Institoris (también conocido como Heinrich Kramer) y Jakob Sprenger. Más tarde apareció en Francia, Italia e Inglaterra.
Obra de gran influencia, el Malleus Maleficarum ayudó a definir la hechicería de una manera que persistiría durante los siglos venideros. En él se afirmaba que la hechicería era el más malvado de todos los crímenes y la más abominable de todas las herejías, así como que ésta se caracterizaba por la renunciación a la fe cristiana, el sacrificio de los infantes no bautizados a Satán, la dedicación del cuerpo y el alma al mal y las relaciones sexuales con íncubos. Las brujas se convirtieron en siervas del diablo al pactar con él y participar en cópulas rituales con él. También eran capaces de transformarse, así como de volar con la ayuda de los demonios.
Durante este período, la Inquisición comenzó a dominar los juicios de brujas. En una serie de bulas, el papa Eugenio IV (1431-1447) ordenó a la Inquisición que actuara contra todos los magos, pues les acusaba de rezar a los demonios, profanar la cruz y hacer pactos con el diablo.
El sucesor del papa Eugenio IV, Nicolás V (1447-1455) dejó claro que era aceptable que la Inquisición persiguiera a los hechiceros, incluso aunque su conexión con la herejía fuera dudosa, y a la sazón, en 1484, a petición de los autores del Malleus Malejuarum, el papa Inocencio VIII (1484-1495) publicó una famosa bula titulada Summis desuerantes affectibus. En ella se confirmaba el total apoyo papal a las acciones de la Inquisición contra la brujería, lo que «abrió la puerta a los baños de sangre del siglo siguiente».4
Los horribles alegatos contra las brujas se convirtieron en el elemento distintivo de los juicios de brujas es los años venideros. En un notorio tratado de 1460, Johannes Tinctoris acusaba a las brujas de crear un ungüento combinando carne de sapo con sangre de niños asesinados, huesos de cuerpos exhumados y sangre menstrual, y luego «mezclándolo bien». La práctica de las brujas de besar al diablo, el osculum obscenum, se suponía que implicaba besar sus nalgas, ano o genitales. El diablo a menudo aparecía representado en forma de cabra cuya parte posterior era «fétida, fría y repugnantemente suave o repelentemente dura». Se decía que el diablo también marcaba a sus devotos tocándoles con un dedo de la mano o del pie. La marca era pálida y rojiza, del tamaño de un guisante y podía encontrarse en el brazo, el hombro o cubierta por el vello corporal —en especial, alrededor de los genitales—. Los dedos secos u otras deformidades también se consideraban evidencia de la marca del diablo.
El obispo jesuita alemán Peter Binsfeld (h. 1540-1603) describió a siete diablos mayores en su trabajo Tratado sobre las confesiones de los malhechores y brujas (1589), a los que correlacionó con los «siete pecados capitales». El libro de Binsfeld fue citado en toda Alemania durante más de cien años tanto por los católicos como por los protestantes, y ejerció una gran influencia en la promoción del engaño de la brujería.
Lucifer Soberbia
Mammón Avaricia
Asmodeus Lujuria
Satán Ira
Belcebú Gula
Leviatán Envidia
Belphegor Pereza
En Admirable historia de una mujer penitente (1612), el celebrado gran inquisidor y exorcista, el padre Sebastian Michaélis, identificó una serie de diablos mayores que, según afirmaba, eran antagonistas específicos de las tres divisiones mayores de ángeles —serafines, querubines y tronos, según un sistema jerárquico concebido en el siglo IV— y listó a los santos cristianos que eran sus oponentes. Esta información supuestamente se la proporcionó Belberith, uno de los diablos que poseyó a la hermana Madeleine en Aix-en-Provence.
El osculum obscenum: los herejes besan el ano al diablo. Aquí los waldensianos se identifican con la brujas. Frontispicio de la traducción francesa del Tractatus Contra Sectum Valdensium de Johannes Tinctoris, siglo XV.