Gemas: la esmeralda

gemas y magia

El término griego smaragdos, de donde proviene el latino smaragus, y que ha dado «esmeralda», tiene su origen en la palabra sánscrita samaraka, probablemente emparentada con la que da nombre a la mítica ciudad de Samarkanda, en el Uzbekistán.

En todo caso, se trata de una voz de origen semítico que significaba «brillante». En el siglo XIX, Víctor Hugo bautizó con el nombre de Esmeralda a la heroína de su novela Nuestra señora de París.

Esta piedra preciosa, casi siempre de un bello color verde, fue muy estimada por su belleza durante toda la Antigüedad. Era el atributo de la Deméter griega que los romanos llamaron Ceres, nombre cuya raíz etimológica significa «crecer». Ambas eran diosas de la vegetación, la fertilidad y la abundancia, siendo Deméter, por supuesto, la gran diosa maternal de la Tierra.

Poderes y virtudes terapéuticasde la esmeralda

Pero la esmeralda fue también conocida como la piedra que concedía el conocimiento de los misterios, que favorecia la sabiduría y que otorgaba la iluminación al que la llevaba. De ahí que se le atribuyeran los poderes de proteger contra todos los sortilegios, los maleficios y demonios; por lo cual, como es de suponer, resultaría bastante útil durante la Antigüedad y la Edad Media.

Por otro lado, el gran sacerdote de los hebreos, Aarón, utilizaba las esmeraldas con fines adivinatorios. Llevaba el ourím y el toummim en su pecho y los utilizaba como dados para interrogar el oráculo.

La esmeralda también poseía muchas otras virtudes benéficas para nuestros antepasados, y se creía realmente que podía aportar todos los placeres, toda la alegría y felicidad de la existencia. Como podemos imaginar, sus virtudes terapéuticas y curativas eran también muy numerosas. Prácticamente, desempeñaba la función de remedio y de piedra milagrosa.

En su Lapidario (o libro de la piedras) del siglo XIII, el rey de Castilla Alfonso X el Sabio anotó que el hombre que llevara consigo una esmeralda «no tiene ganas ningunas de unirse con mujeres y, aunque lo intente, no puede acabar ninguna cosa mientras la piedra tuviere consigo; por esto los sabios antiguos dábanla a los religiosos, a los ermitaños y a aquellos que prometían de tener castidad.

Y algunos de los gentiles que tenían por ley de no yacer con sus mujeres sino en tiempos señalados, por deseo de empreñarlas más pronto y hacer los hijos más recios y más fuertes, traíanlas siempre consigo en todo otro tiempo, menos cuando querían engendrar. Y si dieren de esta piedra molida a beber a algún hombre, peso de tres dracmas, nunca jamás tendrá poder de yacer con mujer».

Volver a Gemas