Gemas: el jaspe

Jaspe

Jaspe


Al contrario que el ónice, el jaspe era muy célebre en la Antigüedad. Encontramos la raíz etimológica de su nombre, en Mesopotamia, en el término acadio ytfspó, de donde derivó el hebreo yaspeh. Se trata de una piedra opaca con muchas marcas coloreadas. Además de resultar un remedio milagroso, los poderes que se le atribuían eran numerosos. Así pues, se suponía que favorecía las visiones y los estados propios de los médiums, y que los mismos indios la utilizaban en los rituales de la lluvia. Se usaba, pues, comúnmente, tanto en la magia como en la brujería. Además, parecía proteger de todos los males y plagas de la naturaleza, pero también de los accidentes, de las heridas e incluso de las mordeduras de serpiente y de las picaduras de escorpión y de grandes insectos.

Sus poderes y virtudes terapéuticas

Parece que en la más remota Antigüedad y durante toda la Edad Media, el jaspe se empleaba para cuidar y curar casi todas las enfermedades. Debemos decir que Galeno, Dioscórides y Plinio el Viejo alabaron sus virtudes. Según ellos, sus efectos contra los dolores de estómago, de hígado, de riñones y de corazón, eran inmediatos. Sus virtudes resultaban estimulantes, tonificantes, cauterizantes, cicatrizantes, inmunizantes y calmantes. «Quien sienta venir los dolores en su cuerpo, en las costillas o en un lado, es decir, una artritis, que ponga un jaspe en dicha parte del cuerpo y que presione fuertemente hasta que se caliente, el mal desaparecerá porque el buen calor y la virtud del jaspe apaciguan y curan estos dolores irregularmente fríos y falsamente calientes. […] Quien se despierte durante la noche con palpitaciones en el corazón o a quien, durante el día, le importune un dolor en el corazón o en un lado, casi siempre se sentirá aliviado con una piedra de jaspe aplicada sobre la piel y en el lugar del corazón. […] Una persona que tiene pesadillas a menudo debe poner una piedra de jaspe cerca de su cuerpo, de modo que todos los fantasmas y todos los engaños del diablo huirán y desaparecerán», así lo contó santa Hildegarda de Eibingen.

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