Fantasmas y lugares encantados

Para creer en los fantasmas hay que aceptar que existe alguna forma de vida después de la muerte. Actualmente, la ciencia no ha conseguido desmentirlo, pero tampoco ha demostrado la existencia de fantasmas.
En el siglo XIX, el mundo occidental aumentó su interés por los fantasmas, los ectoplasmas, las apariciones, los médiums y las sesiones de espiritismo, sin duda como reacción al avance de las ciencias llamadas exactas, que amenazaban cada vez más con ejercer un dominio de la razón y prometían que podían aportar respuestas a todas las preguntas y soluciones a todos los problemas. Así Camille Flammarion, un eminente astrónomo francés, que fue el fundador de la Sociedad Astronómica de Francia y autor de una obra que marcó un hito en la historia de la astronomía (Astronomía popular. Las estrellas y curiosidades del cielo, 1879), emprendió una investigación precisa y detallada visitando casas encantadas. Durante sus investigaciones, tuvo que enfrentarse a algunos hechos confusos, que transcribió de forma tan escrupulosa como la que había empleado en su obra sobre astronomía. Al otro lado del canal de la Mancha, más o menos por la misma época, sir Arthur Conan Doyle, médico y novelista, creador del célebre Sherlock Holmes, hu-manista y gran viajero -vivió durante mucho tiempo en África, Egipto, Europa, Canadá, Estados Unidos y Australia-, participó en unas sesiones de espiritismo sobre las que escribió varios informes, incluso llegó a convertirse en presidente del Congreso Internacional Espiritista en 1928. Pero antes de ellos, como es bien sabido, Víctor Hugo y Charles Baudelaire, entre otros, se habían apasionado por el ocultismo y los fantasmas.

Los fantasmas están entre nosotros

Así pues, para muchos, no hay ninguna duda de que los fantasmas existen. Y algunos intelectuales o personas calificadas de sensatas, realistas, bien aferrados a la vida material y la realidad de este mundo no son los últimos en creer en ellos, ni en ser a veces testigos de fenómenos que no se explican, pero que se ven obligados a admitir que existen o, al menos, que se han manifestado ante ellos.

Fantasma

Fantasma

Ciertamente, hubo, hay y habrá todavía muchos equívocos. Además, no es muy difícil demostrar cómo algunas personas, sin duda por el deseo de llamar la atención, o por pura autosugestión, convencidas de haber sido testigos o víctimas de este tipo de fenómenos, o presumiendo de sus experiencias para intentar cautivar a sus interlocutores, demuestran un comportamiento irracional y una falta de coherencia en sus palabras, revelando así su impostura.
Sin embargo, en la Antigüedad, tiempo en que la escritura era un fenómeno raro y en que los instrumentos de comunicación estaban lejos de ser tan numerosos como los que disponemos actualmente, es interesante observar que la existencia de fantasmas parecía casi una evidencia. Por eso, aunque en el imaginario popular, desde el siglo XIX y, por consiguiente, en un pasado relativamente reciente, el fantasma a menudo se representaba mediante una forma sin rostro, cuyo cuerpo invisible iba cubierto por una sábana grande y blanca, tal vez simplemente fuese porque todos los testigos serios, y que se han ido confirmando desde la noche de los tiempos, a propósito de las apariciones fantasmales asegurasen que se manifestaban como una visión de forma indistinta, luminosa, más bien blanca, que se mueve, impalpable, aveces irradiante más que brillante, aunque transparente. Sin embargo, en las «historias» de fantasmas, recurrentes en la literatura clásica y tradicional chinas, están presentes unas apariciones más reales, hasta el punto que no se distinguen de las personas de carne y hueso.

Dos encuentros con un fantasma

Para ilustrar nuestras palabras, vamos a exponer dos experiencias, aparentemente reales, de apariciones fantasmales. La primera es histórica. Fue consignada por escrito en un atestado por el dominico Jean Gobi, de la orden de los Hermanos Predicadores, prior del convento de Ales, en Francia, en 1323, y de la que no fue el único testigo. En efecto, después de su historia, tres hermanos de su orden, más un centenar de personas de la región de Ales, entre ellos el señor y notario de esta ciudad, acompañaron y presenciaron la aparición del fantasma de Guillermo de Corvo que, según dijo su viuda, la visitaba y le hablaba en su habitación desde hacía 7 días, Jean Gobi contó: «Cuando habíamos recitado las nueve Lecciones de los Muertos y la letanía, al final de ésta, algo invisible pasó ante nosotros y luego se dirigió hacia la cama de la esposa, haciendo un ruido como de una escoba arrastrándose sola. Cuando se oyó este ruido, la mujer se puso a temblar de forma violenta, a horrorizarse y a chillar: «¡Ahí está, ahí está!»». (Jean Gobi, Conversación con un fantasma.)
Después de un breve instante de espanto, que se apoderó de todos, excepto del prior, éste estableció un largo diálogo con el fantasma, en el que el difunto reveló su identidad y dijo que debía volver a su casa para purgar una falta grave que había cometido mientras vivía. Señalemos al respecto que los fantasmas o seres de lugares encantados suelen ser difuntos que vuelven al lugar donde vivieron, bien para reparar una falta que ellos cometieron, o bien porque sufrieron un grave perjuicio en vida.
La otra historia es mucho más reciente, ya que data de 1983. Se trata de la de Madame G., de París, y la cual afirma haber contactado con el cantante Claude Frangois, justo después de su muerte —ocurrida el 11 de marzo de 1978, a causa de un accidente doméstico—, comunicación que ha mantenido hasta 1983, y sin haberse relacionado con él en vida, ni siquiera ser una de sus «fans». «Una forma blanca, un poco etérea, le tiende la mano; esta forma no tenía rostro y sin embargo Madame G. sabía que se trataba de él [Claude Frangois], puesto que le llamaba Claude en su sueño.» (Texto de Marie-Christine Pouchelle, en Carnets du Patrímoine Ethnologique, marzo de 1990.) Durante más de 5 años, Madame G. fue el único testigo de muchos fenómenos (voces que hablan, diálogos con los difuntos, apariciones, efluvios de perfume, golpes, etc.). Cualesquiera que fueran las causas, y aunque su experiencia pasó por el tamiz de la etnografía moderna, parece que su sinceridad y la «realidad» de los fenómenos que se le manifestaron no pudieron ser cuestionadas.