El Nirvana

Según los hinduistas y los budistas el Nirvana es el grado más alto de conciencia que un hombre puede alcanzar.
Esta palabra que se emplea, de forma un tanto errónea y equívoca, para designar una felicidad indescriptible, una alegría profunda, corresponde, en realidad, al estado de conciencia más alto que existe, según el hinduismo. Literalmente, no significa, alegría, felicidad y éxtasis o cualquier noción que implique un grado supremo de felicidad, sino «extinción». Su verdadero sentido escapa tanto a nuestra cultura y a nuestra mentalidad europea, que la hemos alejado de su acepción original, prefiriendo ver en ella la descripción de una especie de segundo estado en el que se sumerge el yogui o el adepto entregado a los ritos o técnicas hinduistas. De hecho, al igual que el chamán, y al contrario que la mayoría de los místicos o religiosos occidentales, el auténtico yogui no busca una perfección cualquiera, ni un paraíso en este mundo o en el del más allá, sino que intenta disolver su yo individual, el cual, en astrología, como recordarás, se define por la posición del ascendente.
La disolución del yo individual
Primero según los hinduistas, y luego según los budistas, el yo individual es lo que causa las divisiones, tensiones, crisis, conflictos, dramas, enfermedades, desórdenes de todo tipo y, además, las guerras y catástrofes de orden colectivo que nos afectan o de las que somos víctimas, tarde o temprano y de forma cíclica.

buda

La disolución del yo individual, que aporta la paz del alma y del espíritu, es el Nirvana.

Es fácil comprender por qué somos tan reticentes a lo que es una de las verdades fundamentales de las creencias hinduistas. En efecto, no llegaremos a decir que el yo individual lo es todo, pero todos sabemos la gran importancia que le concedemos, puesto que nuestras sociedades y los sistemas políticos que las gobiernan, sean de la ideología que sean, se basan en el principio de la libertad individual y, por’consiguiente, en la noción de individuo. Sin embargo, para no crear confusión, debemos entender que esta extinción o disolución del yo individual o Nirvana no pone en duda su existencia, ni se opone a las libertades individuales. Todo lo contrario, para el adepto o discípulo hinduista o budista auténtico, nadie puede conocer el Nirvana, de no ser un individuo completo y realizado. Dicho de otra forma, uno de los principios básicos que indican cómo alcanzar esta extinción o disolución del yo individual, que aporta la paz del alma y del espíritu, el fin de todos los sufrimientos físicos y morales, una especie de liberación —se sobreentiende la liberación de las pasiones y tensiones engendradas por los deseos, codicias y posesiones-, consiste en ser uno mismo, realizarse, conocerse a uno mismo y no identificarse con ideologías, creencias, dogmas, convicciones o, sencillamente, tópicos o lugares comunes, que anulan todo pensamiento y todo acto personales, que emanan del yo individual.
Señalemos de paso el pasaje del texto del logion 67 del Evangelio apócrifo de Tomás, manuscrito escrito en copto, encontrado en el Alto Egipto en 1945, en la localidad de Nag Hammadi y que, para algunos, es el texto original en el cual se habrían inspirado los cuatro evangelistas para redactar sus correspondientes Evangelios, hipótesis, por otro lado, muy controvertida:
«Dijo Jesús: Quien sea conocedor de todo, pero falle en (lo tocante a) sí mismo, falla en todo.»
(Evangelio de Tomás; Apócrifos gnósticos de Nag Hammadi, traducción procedente de la edición realizada a cargo de Aurelio de Santos Otero, en 1956, para la Biblioteca de Autores Cristianos. 7a ed.: 1991.)
Este logion (al contrario de muchos otros contenidos en este texto, que si no original, en todo caso reconocido, cronológica e históricamente, como anterior a los Evangelios canónicos, y que no tiene su equivalente en dichos Evangelios) puede interpretarse de la manera siguiente: si un ser tiene la oportunidad de asimilar todo el conocimiento y todo el saber y vivir muchas experiencias, incluso comprender los grandes principios universales del mundo, pero, por otro lado, ignora quién es él mismo y desconoce su yo individual, entonces, todo lo que conoce, sabe, tiene asimilado, visto o vivido, no le sirve de nada. Si hemos destacado el contenido de este logion para ilustrar nuestras palabras es porque pretendemos demostrar que los principios y creencias de donde proviene el cristianismo primitivo no están opuestos a los enunciados por el hin-duismo y el budismo. En el siglo II de nuestra era, Nágárjuna, uno de los principales filósofos del budismo —cuyo sistema de pensamiento sería muy próximo tanto de talmudistas y cabalistas como de las teorías modernas de la relatividad, o de los quanta, puesto que según él, y de forma evidentemente resumida, cualquier cosa en este mundo sólo existe o se distingue gracias a su contrario, de manera que todo es relativo y nada posee una realidad verdadera-, escribió lo siguiente: «Nirvana no es la no-existencia ¿Cómo podéis pensar esto? Llamamos Nirvana al cese de todos los pensamientos de no-existencia y de existencia.»
(Citado por Robert Linssen, en Bouddhisme, Taoisme et Zen, Le Courrier du Livre, 1972.)
Aquí vemos una noción que podríamos comparar con la que hemos aludido al hablar del Aleph y de Urano, tal como se definen a partir de las fuentes cabalistas de la astrología hebraica.
Finalmente, citemos a Hui Ha’í, maestro del budismo zen: «La comprensión como consecuencia de una percepción particular no tiene por qué implicar la comprensión de la realidad de la cosa percibida. Lo que uno percibe en el proceso de percepción ordinario es el Nirvana, también conocido como liberación.» (Según Robert Linssen, ya citado.) También encontramos unas palabras en el Evangelio apócrifo de Tomás que tienen muchos puntos en común con las del budismo zen y que, esta vez, encuentran un equivalente en tres de los cuatro Evangelios canónicos: «Dijo Jesús: Reconoce lo que tienes ante tu vista, y se te manifestará lo que está oculto, pues nada hay escondido que no llegue a ser manifiesto.»
(Logion 5 del Evangelio apócrifo de Tomás, ya citado.)
La «percepción ordinaria» aludida en el primer texto y la idea de «conoce lo que tienes ante tu vista» tienen el mismo sentido: ver lo que vemos sin interpretarlo, ni querer darle un sentido o significado.
Veamos cuatro textos de los Evangelios parecidos al que acabamos de leer: «Porque nada hay oculto sino para ser descubierto y no hay nada escondido sino para que venga a la luz.» (Marcos, 4, 22.)
«No los temáis, pues, porque nada hay oculto que no llegue a descubrirse, ni secreto que no venga a conocerse.» (Mateo, 10, 26.)
«Pues nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de conocerse y salir a la luz.» (Lucas, 8, 17.)
«Pues nada hay oculto que no haya de descubrirse, y nada escondido que no llegue a saberse.» (Lucas, 12, 2.)
(Traducciones procedentes de la Sagrada Biblia de Eloíno Nácar y Alberto Colunga, La Editorial Católica, 1966.)