El hombre Piscis y el amor

Como Don Juan, el hombre Piscis suele ser un coleccionista, más preocupado por el número y la variedad de sus trofeos sentimentales que por la calidad de sus amores. A cambio, pone a la elegida de cada momento sobre un pedestal: mientras ama, nada le parece bastante para su amada. Según él, es fiel pero inconstante.
Es difícil reprocharle esta actitud, pues no se le puede juzgar por el mismo rasero que a los demás hombres: es más amoral que inmoral. Las convenciones y los prejuicios le parecen despreciables, como todo lo que limita su libertad. Se presta a todas las experiencias para probarse a sí mismo que nada le ata y, sobre todo, para sentir algo nuevo.
Piscis sabe ser encantador, seductor y sensible, es capaz de mil atenciones y de la ternura más extraordinaria, pero unirse a él es una aventura que nadie sabe en qué puede acabar.
Con este hombre no hay seguridad ni certidumbre alguna, no hay suelo en el que apoyarse. La pasión llega a él como las olas a la playa y se aleja con igual facilidad. Cuando deja de amar, nada se puede hacer para fundir el hielo que le inmoviliza. La mujer tiene que resignarse a abandonar la partida y tratar, al menos, de salvar su amistad.
El hombre Piscis nunca es invulnerable a la tentación: su fantasía le puede llevar a cualquier parte. El día menos pensado se cruza con una mujer que le impresiona y es capaz de no olvidar jamás ese encuentro fugaz, que su imaginación transforma en la ocasión perdida, pero nunca olvidada, de haber hallado el gran amor de su vida.
Ama a las mujeres misteriosas. La que se enamore de él nunca debe mostrarse totalmente, si quiere ocupar un lugar en su mundo.

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