El hombre Leo

El hombre Leo se reconoce por su estilo, su aire aristocrático, su clase. Sus andares son flexibles, felinos. Siempre está erguido, sin perder un centímetro de su estatura y con la cabeza ligeramente echada hacia atrás. Si se sienta en un sillón, se podría creer que está instalado en un trono real, tanta es su soltura. Posee una especie de estudiada indolencia que hace resaltar su seguridad en sí mismo. Suele tener una magnífica cabellera, una verdadera melena que le gusta peinar hacia atrás.
Hay, básicamente, dos tipos de Leo. El primero, hijo de Apolo, es bello con arreglo a los cánones griegos: nariz recta, frente ligeramente retirada, ojos almendrados, rasgos regulares y cuerpo armonioso y bien musculado, de caderas finas y muslos torneados.
El segundo es hijo de Hércules: tiene el cuerpo más fornido y corpulento, con amplio tórax y vientre hundido, como el de un león hambriento, y pies y manos fuertes; la nariz es más achatada, con las aletas muy recortadas; el rostro es ancho y un poco triangular, con la mandíbula fuerte.
El primero evoca la belleza y la armonía; el segundo, la fuerza.
La mirada varía en ambos según el grado de miopía, achaque frecuente en Leo, y también ambos suelen tener la barbilla dividida por un surco vertical u horizontal.