El hombre Leo y el amor

El hombre Leo, soberbio y generoso, adora proteger a la mujer amada. Por ella es capaz de mover montañas. A cambio, le pide una admiración incondicional y un comportamiento que cause la envidia de los otros hombres por tener a su lado a una compañera tan bella, tan elegante. En resumen, pide a la mujer que sea un elemento más de su prestigio. No debe ser jamás un rival para él: su compañera ideal sólo puede ser la que le ayude a triunfar y subordine a él y sólo a él sus ambiciones personales.
Es un enamorado ardiente, muy apegado a cierta cualidad estética de la relación, que se da generosamente y de alguna manera siente que hace una buena acción cuando se digna conceder sus favores a una dama de su elección. Digamos más bien que se otorga a sí mismo, gentil y atentamente, a la mujer. Como el sol, que rige su signo, irradia luz y calor y, si a veces quema, lo lamenta sinceramente: odia hacer sufrir. No hay en él maldad deliberada, pero no hay que decepcionarle.
Está demasiado centrado, demasiado preocupado por sí mismo como para amar de manera absoluta, por lo que su fidelidad es aleatoria. En cambio, hace la vida agradable a la mujer que ha elegido, la madre de sus hijos, que le asegura una vida afectiva satisfactoria.