El hombre Géminis

Cómo reconocerlo

El hombre Géminis es delgado, esbelto y flexible, dotado de andares ágiles y casi danzarines. Habla con las manos, y no puede estar sentado sin mover los pies: no puede estarse quieto. Durante su etapa escolar, le amargan las largas horas de inmovilidad que se le imponen y que le producen deseos de estallar. Como su planeta rector, Mercurio, tiene alas en los talones.
Tiene una cara triangular y alargada que recuerda un poco la cabeza del zorro: pómulos altos, mejillas largas y hundidas, frente alta pero huidiza y nariz delgada, a veces un poco puntiaguda; la barbilla que remata ese triángulo es fina. Todo es móvil en ese rostro, sobre todo los ojos: nada escapa a su mirada. A menudo sabe mover la nariz y las orejas, lo que forma parte de sus talentos en sociedad. Tampoco es raro que tenga dotes de prestidigitador, pues es muy habilidoso y nada le irrita tanto como los torpes que se golpean los dedos clavando clavos. Para él, la habilidad forma parte de la inteligencia y de la lógica; en ese terreno es un maestro.
Con su aire socarrón, con la sonrisa en los labios, da a veces la impresión de que se burla de su interlocutor. Es travieso y nada le divierte tanto como provocar, llevando a los demás hasta el límite simplemente por el placer de desencadenar una reacción; poco le importa que ésta sea llorosa o violenta.
Es hábil, bromista y conserva mucho tiempo un rostro y un cuerpo de adolescente. A los sesenta años aparenta veinte menos y conserva todo su encanto.