El hombre Escorpio

No se puede escapar a su mirada: es la de la serpiente que fascina al pajarillo. Ese ojo penetrante lo ve todo, se impone, ejerce su poder. Si el diablo tuviera mirada, no sería muy diferente de la del hombre Escorpio. Tiene destellos cariñosos cuando quiere seducir y un brillo travieso cuando ha hecho una de las suyas.
Escorpio es inquietante; lo sabe y le gusta cultivar el poder que se le atribuye. Es fácil imaginarlo como a un demonio, cuya presencia fascina tanto como incomoda. Es la mirada del pintor, que disecciona lo que ve y lo convierte en trazos y líneas sin miramientos hacia la persona, que se siente inerme ante esa observación.
Es todo músculo, robusto y fornido, con los hombros anchos y las manos fuertes. Desprende energía, una energía concentrada que nace de una vigilancia extrema: es la energía de la fiera.
Puede ser muy guapo o muy feo, pero de una fealdad atractiva que nace de su mirada y de la vitalidad que se percibe en su presencia. La nariz a menudo es grande, ancha en la base, poderosa y aguileña. Tiene el cabello espeso, y lo lleva o muy corto o largo y alborotado.
A veces tuerce la boca, en una sonrisa de lobo que resulta irresistible para cualquier mujer. Cuando ríe lo hace a grandes carcajadas, mostrando sus dientes blancos y fuertes. Es de palabra cortante y gestos tiernos; o todo lo contrario, según sus designios de cada momento.

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