El acto mágico

Todos los rituales de magia están orientados a conseguir o asegurar, por medio de nuestro deseo y voluntad, algo que nos resulta difícil obtener por vías convencionales. Sin embargo, estas dos fuerzas, deseo y voluntad, no bastan para que un ritual surta efecto ya que si fueran los únicos ingredientes necesarios para influir en lo que nos rodea, la ejecución de los rituales no tendría sentido.
Al contrario de lo que cree la mayoría de la gente, los objetivos de cada ceremonia mágica no buscan operar directamente sobre nuestro entorno o sobre las personas que nos rodean; su propósito es actuar sobre nosotros mismos a fin de que podamos desarrollar las capacidades mentales necesarias para conseguir lo que deseamos. Y somos también nosotros, transformados gracias a los actos mágicos que hayamos celebrado, quienes actuamos decidida y favorablemente en relación a personas o situaciones cotidianas. Siguiendo el ejemplo anterior de la billetera, podríamos decir que por medio de la magia nunca lograremos que alguien pierda dinero para que podamos encontrarlo; lo que haremos será modificar nuestra mente para que, en caso de que alguien la extravíe, sea capaz de anunciarnos su presencia.
Todos nacemos con un potencial que ni siquiera imaginamos; los neurólogos y fisiólogos coinciden en estimar que usamos menos de un 10 por ciento de nuestra capacidad cerebral y eso se pone claramente de manifiesto en las increíbles proezas de las que son capaces los yoghis de India después de años de entrenamiento.
Por medio de la magia vamos a trabajar sobre nuestra propia psiquis, por ello los rituales no deben tomarse a la ligera, sino con el máximo respeto. De la misma manera que a la hora de hacer gimnasia es necesario tener cuidado para no lesionar ningún músculo o tendón, si decidimos entrenar nuestra mente habremos de mantener una actitud igualmente seria y prudente para no deteriorar aquellas capacidades que aún no hemos desarrollado.
No hay que pensar que puedan ocurrimos desgracias irreparables si hacemos mal las operaciones o conjuros, ya que nuestro cuerpo y mente quedarán como hasta entonces; pero sí es posible que algunas de las capacidades dormidas pudieran sufrir deterioros que luego nos cueste mucho trabajo reparar.
Esta situación podría compararse al efecto que causaría en un niño un mal profesor de violín: sus enseñanzas no impedirán que el pequeño siguiese una vida normal, como cualquier otro niño, pero, seguramente, será casi imposible que se convierta en un virtuoso, ya que los vicios que pudo haber adquirido son increíblemente difíciles de erradicar.