Brujeria: Préstamos y fusiones

Ya hemos consignado que la magia está basada en la creencia de que la naturaleza puede ser sometida por la voluntad del que controla ciertos mecanismos y conoce determinados conjuros. La religión, en cambio, es la admisión de la incapacidad humana para resolver las materias esenciales, las que tienen que ver con la vida y la muerte. Para acceder a los niveles de la religión es preciso alzarse por encima de la magia y alcanzar los conocimientos que aquélla comparte y discute con la ciencia. Es natural, entonces, que la magia flaquee en este punto y sus métodos y saberes se vean obligados a disputar una guerra furtiva, oculta, replegada en las sombras y transmitida de madres a hijas en las aldeas y villorrios. Es decir, un culto como la brujería de la Baja Edad Media (siglos XIV y XV) podría explicarse a partir de factores locales, sin vinculaciones con cultos preexistentes. En cambio, algunos autores aseguran que en los tiempos de la aparición del cristianismo, a medida que se expandía por el Mediterráneo O-riental y pasaba de Jerusalén a Antioquía, a Tarso, a Éfeso, a Nicea y alcanzaba las riberas del mar Egeo, el rumor de la muerte del dios Pan, el final de las antiguas deidades de la naturaleza y el ocaso de Zeus y Júpiter supuso un sentimiento de alarma entre las gentes sencillas, quienes dedujeron que junto con esos dioses morirían la
tentación, la sensualidad, el desenfreno sexual y la felicidad. No era descabellado concluir, por consiguiente, que se precipitaba el fin de los antiguos cultos, la aniquilación de las formas religiosas conocidas y veneradas hasta entonces.
Los primeros cristianos condenaban a la Naturaleza misma y eran capaces de ver el mal en cualquiera de sus manifestaciones: animales, flores, actos y sentimientos humanos; el demonio aparecía en todos y cada uno de los elementos de la realidad y, tanto en conjunto como en detalle, lo que no se ajustara a las nuevas creencias merecía todas las maldiciones que se le prodigaran.
Los Evangelios auguran el final de los tiempos del hombre, y la irrupción de los bárbaros en el corazón de Europa y la caída del Imperio romano parecían darles la razón.
Pero no puede discutirse que el mundo al que pronto se nombraría como pagano se resistía a morir y se aferraba a la vida con obstinación. Se ha repetido hasta el hartazgo que los antiguos dioses no ofrecieron resistencia, que estaban agotados y que fue suficiente que el cristianismo se hiciera presente para que las divinidades griegas y sus equivalentes romanas se esfumaran como sombras. Roma se había ocupado de devaluar a sus dioses, quitándoles cuanto tuvieran de genuino, para transformarlos en tristes funcionarios del Imperio, luego de una drástica operación de lavado y raspado. No obstante, y aun suponiendo que hubiera sido así, la aristocracia olímpica, en su caída, no arrastró consigo a los pequeños dioses locales, las deidades del populacho, los protectores de los bosques, los señores de los montes y las divinidades de las fuentes y los lagos, íntimamente enraizados en la vida de la aldea, de la comarca, de la región.

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