Brujeria: Préstamos y fusiones 1

No deja de ser sorprendente, y aleccionador, descubrir que la Iglesia, tras proclamar la muerte del paganismo, pasó los siguientes diez siglos indignándose porque las creencias que lo sustentaban siguieran vivas. Los dioses que habitaban los altares hogareños, el corazón de los robles, las aguas turbulentas y profundas de las lagunas o la carne de los peñascos no lograban ser desterrados. Siglo tras siglo, a pesar de las amenazas proferidas por el papado y los concilios, exigiéndoles morir, los cultos de los campesinos ignorantes, convertidos o no a la nueva fe, resistían. Y la contradicción y miopía de la Iglesia se hace más ostensible si se tiene en cuenta que para la construcción misma de la nueva religión se utilizaron ladrillos de la antigua. Mitos como el asombroso nacimiento virginal de Jesucristo, los milagros que realizó durante su permanencia en el mundo de los hombres, su muerte y resurrección, así como casi todos los símbolos que fueron aceptados desde el principio como propios, son adaptaciones más o menos fieles de los cultos paganos y judíos precedentes. Y son actos mágicos, aunque el canon no utilice esa palabra sino una nueva, adaptada a sus necesidades: milagros. No debe llamar la atención, por lo tanto, que la muerte y la resurrección se hallen presentes en el Osiris egipcio, en Baco y su variante, Ausonius, en Adonis (el Atune de los etruscos y el Tammuz de los sirios), Dioniso, Atis y Krishna, entre otros.
La coincidencia de que todos estos dioses hayan nacido el 25 de diciembre, fecha en la que desde muy remotos tiempos se celebra el solsticio de invierno en el hemisferio norte, hizo decir al historiador de las religiones Edgar Royston Pike (1896-1980): «Los persas y los egipcios, los fenicios y los sirios, los griegos y los romanos, los mexicanos y los peruanos, los hindúes y otros pueblos celebraban en aquel día el parto de la reina de los cielos, la virgen celestial, y el nacimiento de su hijo, del Dios Solar.
Dioniso o Baco, Mitra o Apolo, Zoroastro u Horus, etc., todos ellos anteriores al Cristo cristiano, y todos ellos llamados «El Salvador», nacieron de una virgen entre el 20 y el 25 de diciembre; esto es: la fecha del solsticio de invierno, también llamada «La puerta de los Dioses».
Esta suerte de confuso transvasamiento, según el cual el cristianismo se alimentó con principios proporcionados por los dioses paganos, pero negándolos y proclamando su desaparición, se detecta fácilmente en la persistencia, en los valles y en el bosque, de los cultos a las deidades de la naturaleza, aunque revestidos de una ligera pátina provista por la nueva religión tras una conversión superficial. Los viejos dioses no requerían templos: habitaban en las casas de las gentes sencillas. Se mantenían vinculados a sus devotos en la intimidad hogareña, mezclados con los objetos de uso cotidiano.

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