Brujeria: Los orígenes

Es evidente que el cristianismo, a medida que se fue robusteciendo, relegó a las religiones precedentes y en algún momento comenzó a perseguir a quienes no se convertían a la nueva fe y adoptó el término pagano para designarlos. Si bien el choque entre la religión primitiva y el cristianismo fue inevitable, la veneración a la Madre Naturaleza como dadora de vida y al orden natural como regla esencial son prácticas que sólo quedaron proscritas o relegadas por algún tiempo, pero que nunca se erradicaron por completo. Debajo de una fachada cristiana muchas personas, durante siglos, siguieron venerando a una presencia femenina, La Diosa. Tal divinidad tenía su contracara y equilibrio en El Dios, una deidad que se identificaba con el macho cabrío o con el toro y más tardíamente con el dios Pan, el que fue transformado progresivamente por los cristianos y unido a una idea más simple y contundente, lo que conocemos como el diablo.
La concepción del mundo formada a lo largo de muchos siglos tenía una coherencia absoluta, por lo que no fue sencillo para la nueva religión extirparla por completo. Y se necesitó el trabajo tenaz de teólogos y obispos durante un milenio para polarizar todos los rasgos que podían ser alineados con el mal. El trayecto de esta ardua tarea está jalonado por persecuciones, procesos, personas quemadas por brujas y una prensa negativa manifiesta, generada por la religión oficial, que buscó por todos los medios desvalorizar cualquier vestigio de la antigua religión.
Por medio de indagaciones históricas y antropológicas, filológicas y lingüísticas, ha sido posible determinar, con cierto grado de certeza, que las creencias de los pueblos primitivos tienen una base común. No obstante, aunque mucho se ha escrito sobre las transformaciones experimentadas por la cultura material del hombre desde el Paleolítico hasta la época romana -momento en el que comenzaron a acumularse las evidencias simultáneas que testimonian los desplazamientos de pueblos de una a otra región de Eurasia, los cambios en el modo de guerrear, el aumento del intercambio comercial, el florecimiento de la civilización-, son escasos los detalles precisos que se poseen sobre la religión que practicaban aquellos pueblos, excepto unas cuantas referencias a sus dioses, unos pocos ritos y ciertas costumbres funerarias. Por lo pronto, la mayoría de los relatos míticos contienen elementos compartidos por pueblos sin contacto aparente y por momentos da la impresión de que esos ingredientes forman parte de un acervo cultural común. No serían posibles, de otro modo, las notables similitudes entre muchos de los relatos bíblicos y las leyendas de pueblos que no tuvieron ninguna relación con la cultura hebrea. La creación, el pecado original y el diluvio universal, tal como se narran en el Antiguo Testamento, se repiten en otras culturas de modo que el investigador se atreve a conjeturar una vasta herencia cultural concurrente.

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