Brujeria: La religión de Murray 1

Es que, en definitiva, no es difícil relacionar datos, en especial porqué son escasos y casi cualquier coincidencia sirve para anudarlos. Las reuniones de brujas que, como veremos, convocaban a las practicantes del culto y las movilizaban desde todas partes hacia claros del bosque
en sitios apartados, correspondían a las épocas del año en que, desde muy antiguo, se realizaban los ritos de fertilidad y otras acciones propiciatorias con el objeto de evitar la muerte de la naturaleza en el invierno y la obtención de buenas cosechas en el verano. El hecho de que las principales reuniones se celebraran el 31 de julio y el 1 de febrero demuestran que la brujería permanecía vinculada a las religiones panteístas germánicas y celtas de un modo larvado, oculto a los ojos de los cristianos, obligados por sus dogmas a mirar hacia otro lado. Los inquisidores intentaron adherir una figura construida con materiales preexistentes a los ritos de esa religión en las sombras, a la que conocían poco y mal. Esa figura era la del demonio. Y una vez afianzada esa presencia, no fue difícil crear un tipo de relación funcional a los intereses de la Iglesia -el pacto con el diablo- que sirviera para condenar a cualquier disidente. Esa condición esencial para entrar a formar parte de la cofradía y obtener poderes mágicos pasó a ser la excusa perfecta de los cazadores.
Sin embargo, como ya hemos dicho, la interpretación de Murray es rechazada por la mayoría de los estudiosos actuales, tanto desde la esfera del ocultismo, como desde el cristianismo y las ciencias sociales. ¿Cuáles son las formas alternativas que se proponen?
Ya hemos mencionado, siguiendo a Caro Baroja, a la misteriosa diosa nocturna que podría ser la Diana griega o una diosa formada con aspectos de ésta y otros elementos. Otros prefieren buscar el origen de la brujería en el desarrollo de la idea del diablo cristiano, pero con una relación de causa y efecto inversa, generada por personas de las clases bajas y modificada para plantear una alternativa a una religión que no los satisfacía y, de hecho, los dejaba afuera del reparto de beneficios en este mundo a cambio de unas vagas promesas de delicias a cobrar en el otro. Algunos autores han querido ver en esto el producto de ciertos movimientos sociales de la Edad Media, insuficientemente articulados como para convertirse en auténticas rebeliones, aunque no pueden ni deben descartarse los enfoques que sustentaron tanto el ya mencionado Malinowski como, antes que él, el ensayista e historiador francés Jules Michelet (1798-1874). Ambos coincidieron en sostener que la brujería es una consecuencia de la desesperación de los más humildes, quienes, al no ver remedio a sus males físicos y morales por haber abrazando la fe cristiana, optaron por la fuerza caótica y desenfrenada del demonio o sus equivalentes. Malinowski avanzó un paso más que Michelet al decir que todo culto mágico contiene grandes dosis de frustración, impotencia y desaliento. En este contexto, la brujería es el recurso que se utiliza para superar la sensación de desesperanza que produce lo que no se puede controlar o modificar.
De esto se desprende con facilidad una noción general que aparece implícita en la evolución de las religiones: cuando las necesidades de las clases pobres y marginadas no se ven satisfechas por la religión dominante, aquéllas tienden a conservar o regresar a cultos sencillos, hogareños, relacionados con las prácticas cotidianas y el conocimiento empírico de los elementos que componen su habitat. El cristianismo actual, en la devoción de las masas populares por multitud de santos, oficiales o no, es una prueba de ello.
Pero James G. Frazer (1854-1941), en su libro La rama dorada, señala que el animismo no es la única creencia de la cultura primitiva, y tal vez ni siquiera la dominante. ¿Cómo se articulan, entonces, los elementos animistas con otros recursos de la naturaleza para conformar lo mágico?

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