Aquelarres

brujasNo fue por casualidad que la persecución más feroz de las poseedoras de la sabiduría ancestral se inició en el Medievo, que fue la época más oscura y tenebrosa en la historia de la humanidad.
En esos siglos de ignorancia, de guerras continuas, de cerrado dogmatismo, de represión y opresión de la libertad de las personas y de las mujeres en particular, cuando reinaban las pestes, el hambre y la muerte, el poder dominante culpó a las brujas de todos esos males.
Las persiguió con una saña brutal, quemándolas públicamente en hogueras «purificaderas» después de someterlas al escarnio y la burla de unas gentes tan fanáticas e ignorantes como sus omnipotentes amos.
Es entonces cuando se acuñan términos como «magia negra», «ocultismo», «aquelarres», etc., acusando a las mujeres sabias y dotadas de mantener alianzas satánicas y de utilizar poderes maléficos.
De esta forma obligaron a la hechicería, que tradicionalmente había sido benéfica, luminosa y respetada, a ocultarse en reuniones nocturnas, a esconder sus actividades, a abjurar del conocimiento cósmico, so pena de que sus practicantes fueran sometidas a la humillación y al martirio.
Pero pese a esa abrumadora campaña de desprestigio y persecución, la gente del pueblo siguió acudiendo, a escondidas, a pedir el consejo y la ayuda de las adivinas, hechiceras y sanadoras, para aliviar sus males. Tal vez porque, aunque sometidos a la ignorancia, mantenían la intuición del ancestral poder cósmico depositado en ellas.
Sin duda, porque las brujas realmente curaban sus males, les advertían de los peligros que los acechaban y les ayudaban con sus artes secretas a defenderse de un destino infortunado.
La paradoja es que también los ricos y los poderosos creían en el poder de las brujas. Muchos de ellos, emperadores, reyes, nobles, grandes banqueros, ricos mercaderes e incluso los propios jueces y jerarcas que formaban los tribunales contra la brujería, consultaban en persona o a través de sirvientes de confianza a las adivinas y brujas.