Otro aspecto que ha dado fama tenebrosa al vudu son las muñecas con agujas clavadas en su cuerpo y en ocasiones en zonas tan estremecedoras como los ojos, el corazón o el sexo. En las películas hemos visto caer al suelo presas de dolor a personas hasta entonces saludables, pero que han tenido la desgracia de enfrentarse a un experto en las prácticas vudu. Lo curioso del asunto es que esta secta es la única cuyas prácticas causan pavor a todo el mundo y nadie se sentirá a gusto si sabe que una muñeca vudu que le representa tiene agujas clavadas en su cuerpo. Hasta tal punto es así, que al menos los médicos que ejercen en Haití o en lugares en donde hay expertos en vudu, saben del mal tan intenso que ejercen sobre las personas, aunque no se atreven a enfrentarse directamente contra ellos por razones obvias.
Afortunadamente, no estamos totalmente indefensos contra estos maleficios y disponemos de sortilegios, pinturas y objetos que nos pueden proteger contra los conjuros que nos desean la muerte. Antiguamente su influencia era aún mayor que ahora y cuando Duvalier tomó el poder en Haití declaró al vudu como religión oficial, más que nada para evitarse problemas con sus seguidores, aunque procuró eliminar el sistema para recuperar a los muertos y transformarlos en zombis.
El ritual
Para practicar el culto vudu basta con tener en casa una capilla familiar donde poder realizar los rituales de salutación a las loas del hogar y a las almas de los difuntos. No es necesario caer en trance ni adoptar una gran concentración, y es conveniente que todo esté presidido por una cruz que simbolice el árbol de la vida, la línea divisoria entre lo físico y lo etéreo, lo visible y lo invisible.
Sobre el altar podemos poner velas, figuras de santos, botellas de bebidas populares, incluso alcohólicas, piedras carbonizadas por un rayo, huesos, luces y flores, aunque sean artificiales. Junto a las paredes pondremos tambores tradicionales decorados de diferentes maneras, con músicos adecuados que ejercerán también como médiums.
El Houngan entonará unos cánticos en latín y estará auxiliado por un sonajero que marca el ritmo y llama a los invitados a que participen. Al cabo de una hora comienzan a sonar los tambores y ya no pararán hasta el final de la ceremonia, unas cinco o más horas después. Los cantos y los tambores tienen varios efectos y llenan de energía la sala, contribuyendo a que los asistentes estén aturdidos por el espectáculo.



