A través de las páginas precedentes hemos tenido la oportunidad de comprobar de cerca la importancia que ha llegado a tener la sal, no sólo desde un prisma histórico sino también desde el religioso o puramente mágico. Hemos conocido también las bases sobre las que se asienta la magia y es que, antes de empezar a ritualizar, vale la pena reiterar que no podemos pretender que una pizca de sal se convierta en mágica de la noche a la mañana si antes no ha sido trabajada con la visualización o el magnetismo personal, si, en definitiva, no posee el adecuado hálito mágico. Ahora que el lector conoce buena parte de los requisitos básicos para poder operar en lo que llamamos las vibraciones esotéricas, ha llegado el momento de sacarle el máximo de partido a la sal. Para ello nos centraremos en una selección de ejercicios que tienen como denominador común la sal, aunque sin olvidar la práctica de aspectos
como los reseñados en el capítulo dos. Debemos de tener siempre presente que la práctica y la concentración, además de la persistencia, serán quienes nos ayuden a tener con el paso del tiempo una mayor fuerza psíquica y mental beneficiándonos cada vez que deseemos formular un ritual, hechizo o encantamiento.
De las muchas opciones que nos ofrecen los trabajos esotéricos con sal, hemos efectuado una selección ajustándonos al máximo al espacio que tenemos para ello, intentando destacar aquellos aspectos que eran los más ricos en matices de manera que pudieran ser empleadas todas sus formas de aplicación.
Así, a través de los capítulos destinados a las cuestiones afectivas, laborales, económicas y sociales, el lector tendrá la oportunidad de llevar a cabo desde rituales hasta encantamientos, pasando por sortilegios, hechizos o, en determinados casos, complejos ceremoniales.
En este repaso por el uso insólito y esotérico de la sal en artes mágicas, nos hemos acercado también a lo realizado por otras culturas, recuperando ejercicios que van desde la fría península escandinava, hasta la lejana China, pasando por culturas como la gitana, celta o amerindia, hasta llegar a Egipto.
Consideramos que la mejor manera de conocer un producto o en este caso sus virtudes, pasa por darnos un baño cultural y por saber de qué forma y para qué cometidos ha sido empleado lejos de nuestro origen.
Como es lógico, muchas veces, ya sea por el paso del tiempo o por la peculiar idiosincrasia de la cultura que nos ofrece su receta o ceremonial, resulta harto complejo encontrar los materiales que se usaron originariamente. Muchos son imposibles de localizar y, en otros casos, hacerlo podría resultar un grave perjuicio, incluso legal, para el operador mágico de nuestros tiempos. Ante hechos como esos, hemos recurrido a seleccionar aquellas prácticas cuya realización es factible en nuestros días.
No somos partidarios de los sustitutivos. En algunos tratados de magia seguro que podemos encontrar que determinadas hierbas pueden cambiarse por otras y que ciertos despojos de animal o tipos de metal pueden variarse. Personalmente consideramos que si lo que deseamos realmente es mantener la esencia de una tradición o perpetuar la autenticidad, con según qué tipo de cambios lo que realmente estamos haciendo es «fabricar» una nueva receta y no luchar por la pervivencia o recuperación de aquellas que estaban olvidadas.
Cuando la sustitución de un elemento o procedimiento litúrgico hacía que la receta perdiese no sólo en encanto, sino también en efectividad, hemos considerado oportuno no incluirla. Difícilmente podremos aplicar sal a las ruedas de nuestro carro si no somos gitanos y no vivimos en un carromato al estilo nómada. Igualmente difícil será mezclar la grasa de la giba de un dromedario con la ralladura de un diente de cocodrilo del Nilo, por mucho que pretendamos llevar a cabo una antigua receta egipcia protectora contra el mal de ojo. En casos como estos hemos procedido a desestimar el procedimiento.
Los aspectos anteriores nos dan pie a comentar, aunque sea superficialmente, otro tema muy interesante al respecto de los ingredientes y los procedimientos mágicos. En esencia, un acto mágico debe contener cierta liturgia y la participación en él de determinados elementos considerados indispensables. Pero otra cosa distinta es que el mago, operador o sacerdote oficiante, considere que para su comodidad energética o vibracional deba cambiarse alguno de los componentes no indispensables.
La magia es la puesta en escena de una serie de intenciones que, hábilmente manipuladas de forma energética y psíquica, logrará un efecto. Pero a veces en un ritual debemos prender una vela naranja y su color nos genera incomodidad. Debemos recitar una invocación pero nos gustaría más hacerlo con nuestras propias palabras. Quizá tengamos que crear un amte aromático determinado y la fragancia escogida nos genera tensión. Cuando ello ocurre, lo mejor que puede hacer el mago es adecuar el ritual a su idiosincrasia, siempre y cuando mantenga los parámetros mínimos.
En los todos los ejercicios mágicos que aparecerán en los capítulos sucesivos, hemos determinado los ingredientes necesarios para el ritual.
En un primer estadio, el mago poco avezado o la persona poco conocedora de las claves teúrgicas y mágicas, debe contentarse, para sus rituales, con disponer de los ingredientes que a tal efecto se le indican. También es aconsejable que se limite a poner en práctica las diferentes acciones siguiendo los pasos descritos a tal fin. Será el tiempo, la evolución en la proyección psíquica y el conocimiento, los que le permitirán sustituir una vela por otra, modificar las invocaciones, e incluso quizá también el desarrollo del ritual. Todos ellos son aspectos que deberían permanecer invariables hasta que realmente estemos avezados en la materia.
Como ya sabrán aquellas personas un poco duchas en las temáticas que nos ocupan, la buena magia y, dicen que la más poderosa, es aquella que fabrica o diseña uno mismo. Es cierto. Personalmente hemos podido comprobar, a través de numerosos cursos y seminarios para oficiantes de magia, que el diseño personalizado genera una mayor fluidez psíquica y que dicha comodidad facilita el contacto del oficiante con las esferas energéticas y vibracionales. En definitiva, con los denominados poderes ocultos.
Para acabar, instamos al lector a que, una vez concluido el estudio y la práctica de los ejercicios y rituales de este libro, investigue por su cuenta y cree sus propios amuletos o rituales de sal, ello le permitirá adquirir la tan necesaria «seguridad mágica», un elemento indispensable para que nuestras proyecciones psíquicas resulten provechosas. Seguro que si la lectora o el lector ha trabajado a conciencia todos y cada uno de los ejercicios o experimentos, logrará excelentes resultados y podrá personalizar su magia.