La persona que ha logrado respirar de una forma acom­pasada, relajarse y hasta visualizar, no va a tener ningún pro­blema para canalizar sus energías. De hecho, al llevar a la práctica ejercicios como los mencionados en este capítulo, ya se ha canalizado. De todas formas es necesario saber lan­zar correctamente las energías y la dramatización. Al menos al principio de las prácticas, nos vendrá muy bien.
Los magos o las personas que ofician rituales, acostum­bran a disponer de dos instrumentos con los que lanzar sus encantamientos o magia: la varita o sus manos.
La varita mágica no es más que un proyector mimético de aquello que está en nuestra mente. Dicho de otra forma, una varita sin el pensamiento es, si se nos permite la expresión, como un mando a distancia sin pilas. El uso de la varita nos permite una dramatización de aquello que está en la mente y nos ayuda a canalizar imaginariamente lo que sentimos. Un caso muy similar sucede con las manos, cuando somos capaces de lanzar con ellas aquello que está en nuestro in­terior, todo cobra más fuerza.
Con el fin de facilitar las prácticas al lector nos centra­remos únicamente en la proyección de energía a través de las manos, proceso que debemos hacer de la siguiente forma:
1.  Comenzaremos por respirar y relajarnos a me­dida que va entrando el aire en los pulmones.
2.  Notaremos que mientras el aire circula por el cuerpo nos sentimos . Estamos cómodos y nada nos preocupa.
3.  Procederemos a ejecutar los pasos precisos de la visualización para efectuar el ritual o la ceremonia mágica que hayamos escogido.
4.   Cuando llegue el momento de proyectar al ex­terior de nuestro cuerpo, ya sea para cargar un amu­leto o talismán o simplemente para lanzar la energía de nuestra psique al exterior, prestaremos el máximo de atención a nuestra mente y nos concentraremos en la intención o imagen de los que luego proyectaremos.
5.  Imaginaremos que en el centro de la pantalla mental, en el entrecejo, crece un punto de luz que cada vez se hace mayor.
6.  Debemos de lograr que el punto de luz crezca al máximo desde la cabeza hasta el centro del plexo so­lar. Una vez imaginemos que cubre la mencionada par­te del cuerpo, centraremos la atención en dicho lugar.
7.   Muy lentamente separaremos los brazos del tronco, los orientaremos hacia delante al tiempo que abrimos las manos mostrando las palmas al frente. Mantendremos la postura, pero no dejare­mos de pensar que en el plexo solar está condensada toda la energía.
8.  Nos concentraremos en pensar que la energía condensada en el plexo solar poco a poco se dirige desde el centro del cuerpo hacia las palmas de las manos, pasando por nuestros hombros.
9.  Cuando consideremos que la energía y con ella el pensamiento mágico ya está en las manos, nos li­mitaremos a proyectarlos fuera de nosotros con fuer­za y convicción.
Si a simple vista puede parecer un poco complejo el proceso mencionado, veremos que con el tiempo se con­vierte en un hábito natural cada vez que nos disponemos a realizar una práctica mágica.

 

 
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