Los clavos son, evidentemente, los capullos desecados de las flores amarillas y rojas en corolas de una planta tropical que a veces se convierte en un árbol de una altura de 9 a 15 metros, con el cual los fenicios ya comerciaban en el Mediterráneo durante el I milenio antes de nuestra era. Los griegos la llamaban karuophullon, de karuon «nuez» y phullon «hoja». Sin embargo, no fue hasta el siglo XVI cuando el famoso clavo fue realmente descubierto en Europa, después de que los comerciantes españoles y portugueses, muy aficionados a las especias, lo descubrieran en abundancia en las Molucas, archipiélago de Indonesia.
Sin embargo, durante el I milenio después de Cristo, sus propiedades analgésicas, es decir, que calman el dolor, especialmente los dolores de cabeza y de muelas, ya eran conocidas, así como sus virtudes afrodisíacas y sus poderes antisépticos, que han sido confirmados por los químicos, pues han conseguido aislar un componente químico contenido en este clavo, el eugenol, popular, precisamente, por su potente acción antiséptica.
Por otro lado, el aceite esencial de clavo se empleaba tanto en la Edad Media como en la Antigüedad para protegerse de las picaduras de insecto. ¿Sabías que, a veces, basta con poner una o dos gotas de aceite de clavo para acabar con las hormigas en tu casa? ¿Sabías también que basta con introducir unos cuantos clavos en dos o tres naranjas, dejarlas dos o tres días, con todas las puertas y ventanas cerradas de la casa, para que la naranja huela a clavo, perfume temido por los mosquitos?
Así pues, además de aromatizar las salsas y los pasteles, vinos y licores, el clavo puede ser muy útil en el uso doméstico. Y si ingieres cada día aunque sólo sea media cucharilla de clavo en polvo, mezclado con miel o mermelada, te sentirás siempre apasionado, vigoroso y muy enamorado.
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