Mitos y símbolos de la Pascua
Fiesta mágica y solar del eterno retorno de la luz y de la vida, no por azar la Pascua sigue muy
de cerca al equinoccio de primavera.
Es lamentable que, hoy en día, estemos tan absortos por consideraciones de orden material -que buscan un beneficio cueste lo que cueste para unos, la supervivencia a toda costa para los demás y, entre ambas cosas, una vida donde todo parece previsto y organizado con anterioridad—, tan presos del desencanto, y ya no demos a las fiestas inscritas en el calendario el sentido real y vivo que tenían cuando nuestros antepasados las crearon.
Más que un sentido, estas fiestas del calendario tenían un significado simbólico. Creaban lazos entre los hombres y los grandes principios de la naturaleza durante una época en la que el amor por ella, por sus secretos y sus ritmos, significaba realmente algo.
Ritmos y ritos se confundían. Al reproducir a través de ritos los grandes movimientos cíclicos de la naturaleza, el hombre se reconciliaba con ella, con su ritmo, empleaba su lenguaje y se comunicaba con su energía. No sabemos muy bien por qué, de repente, la vemos como enemiga. Ahora, el encanto entre la naturaleza y el hombre se ha roto.
La naturaleza no es más que un cobaya de laboratorio, un inmenso campo de exploración que el hombre tiende más a dominar que a comprender, a someter y a explotarlo todo en ella, cuando no se las ingenia para imitarla y mitigar sus imperfecciones o, al menos, lo que él considera como tales.
Sin embargo, el hombre se equivoca si cree que eliminando ciertas enfermedades genéticas, reproduciendo artificialmente ciertos principios esenciales de la naturaleza, podrá finalmente dominar la vida. No dudamos ni por un momento que lo conseguirá, pero en su ignorancia de las grandes leyes,
de los ritmos, de los ciclos de la naturaleza a los que se referían sobre todo nuestros antepasados, se oculta el hecho de que, en la naturaleza, precisamente, todo se transmite, se reproduce, renace, se regenera, se transforma hasta el infinito, nunca nada desaparece totalmente.
De manera que, apenas el hombre haya borrado una manifestación de la naturaleza, mala según él, una nueva manifestación, diferente en su forma, pero parecida a la que ha conseguido vencer totalmente, aparece en otra parte, al mismo tiempo y probablemente de forma más devastadora.




