Tibet
Según los tibetanos, al principio de los tiempos hubo un Gran Antepasado de los hombres, enviado por los dioses a la Tierra, una especie de extraterrestre anticipado...

El Tíbet, cuya cultura y tradiciones, como es sabido, están actualmente expoliados por la dominación china, es una frontera natural, un mundo aparte, un «techo del mundo» que se alza entre China y la India, en la encrucijada entre dos civilizaciones muy diferentes en sus costumbres, pero tal vez también -al menos es lo que nos enseña la historia- entre Oriente, el Lejano Oriente y Europa.
En efecto, el Tíbet ha padecido varias influencias, procedentes evidentemente de China y de la India, pero también de Asia central, de Irán y de Europa central, entre otras.
Los orígenes de los misterios y de la magia del mundo en el Tibet
A pesar de las influencias que han ejercido las tradiciones del budismo indio y chino, los tibetanos han sabido preservar e integrar dentro de una especie de budismo muy particular una visión cósmica y cosmogónica singular, donde, como es sabido, la creencia en la reencarnación desempeña un papel muy importante. Según ellos, lo visible y lo invisible están unidos y forman un conjunto de tres niveles superpuestos: en medio viven los hombres, por supuesto, pero también conviven con seres sobrenaturales, comparables a los genios, tal como los conciben los orientales, y son bastante parecidos a los ángeles de los occidentales. Son los Gnyan y los Btsan, seres fabulosos que habitan las montañas y las rocas; encima, es decir, en el cielo, viven los dioses de la luz o dioses blancos, los Lha; debajo, en el mundo subterráneo, viven los Klu, los demonios, que tienen aspecto de serpientes de azul y negro. Esta es la estructura original del mundo tal como la percibían los antepasados de los actuales tibetanos, antes incluso de que el budismo hiciera su aparición en esta región del mundo a mediados del siglo vil de nuestra era, cuando el rey tibetano Srong-Btsam-Sgam-Po, siguiendo los consejos de sus dos esposas, la princesa china Wen-Cheng y la princesa nepalesa Tri-Tsun, se convirtió al budismo. Hasta ese momento, los ritos y creencias que tenían fuerza de ley en el Tíbet eran de inspiración chamánica, basados en una voluntad de comunión extática con las grandes fuerzas de la naturaleza y los elementos del mundo visible e invisible.




