Los 5 sentidos y las manos

Nuestro cuerpo también es capaz de acceder a un conocimiento espiritual del mundo. Es algo que nos cuesta imaginar o creer a nosotros, los occidentales, como consecuencia de una cultura represora e inhibidora del cuerpo y de la sensualidad -que reinó durante muchos siglos en Europa, pero que tiene menos que ver con las religiones judeocristianas, como a menudo se cree o se dice, que con fanatismos y con el sectarismo de algunos y la ingenuidad y pasividad de muchos otros-. Sin embargo, el cuerpo tiene una especie de espíritu. Y también piensa.

Los sentidos y la conciencia
Los sentidos no son sólo puntos de receptividad del mundo exterior. Como es sabido, en función de si los individuos son más o menos receptivos, las capacidades sensoriales están más o menos desarrolladas. Por eso, algunos tienen una vista fina y gran agudeza visual, otros un oído tan fino y selectivo que son capaces de percibir la menor disonancia o la más ínfima desafinación de un instrumento musical que, evidentemente, escapa al oído común; otros, cuyos órganos del gusto y las cualidades olfativas son especialmente sensibles, reconocen un sabor o un perfume con los ojos cerrados, a veces, incluso a distancia.

Ahora bien, tenemos conciencia del mundo exterior a través de los sentidos y al adquirir esta conciencia del mundo exterior, de sus formas y colores, de sus olores y perfumes, su temperatura cambiante, sus ruidos y sonidos, etc., tenemos conciencia de nuestros límites y se despierta lo que denominamos conciencia.

Esta conciencia es más aguda, en tanto somos capaces de distinguir el placer y el dolor, que evidentemente son sensaciones. Finalmente, señalemos que existe una analogía obvia entre el gusto y el conocimiento y los verbos saborear y saber, pues tanto asimilamos o digerimos productos de la tierra como conceptos e ideas, al igual que entender y comprender van de la mano, y que ver también es prever, concebir, percibir, y también saber y, consecuentemente, conocer, y que sentir también es presentir, es decir, tener olfato, y por consiguiente, experimentar, ser intuitivo siendo la intuición un efecto de la memoria sensible.

El ser humano posee, pues, una verdadera inteligencia sensible y su cuerpo puede tener espíritu. Negar esta inteligencia inhibiendo los propios sentimientos es aislarse del mundo exterior y ahogar la propia conciencia. Por eso, durante siglos, si las religiones han hablado tanto de conciencia es porque, en general, los hombres carecían de ella, la tenían atada o luchaban contra ella, cayendo entonces en todos los excesos perversos y mortales compensatorios que la historia nos ha mostrado y, por desgracia, cuyos males y consecuencias todavía no hemos atajado.