La Fuente
La fuente es un símbolo de pureza. Volver a ella es recobrar la pureza original, redescubrir el órgano sensorial del alma.

La fuente, entendida como manantial, posee una gran riqueza simbólica y mística. Físicamente, es el paso sin el cual el ciclo del agua no podría producirse. Después de una vida subterránea, en las capas freáticas de la Tierra, la fuente brota, se convierte en un arroyuelo o en un riachuelo, y luego en un afluente que crece, se agranda y se transforma en río, el cual se ensancha antes de ir a parar al mar y seguir todavía su curso por las corrientes agitadas, múltiples y convergentes, que se superponen y entremezclan en el océano. Después vuelve al estado de vapor, se desplaza en la atmósfera terrestre y vuelve a caer en forma de lluvia, mojando la tierra o penetrando hasta sus profundidades, para brotar aquí o allí en forma de fuente.
La Fuente, el nacimiento, la vida y la muerte
Este ciclo inmutable y perpetuo del agua ilustra perfectamente el de los renacimientos del hombre en la Tierra. En efecto, es fácil establecer una analogía entre la lluvia y la fecundación, siendo el Cielo una representación del padre o el gran principio masculino y la Tierra la de la madre o gran principio femenino, ambos omnipresentes en el origen de toda vida aquí abajo. La lluvia es entonces la semilla del Cielo que fecunda la Tierra fértil. En sus entrañas, es decir, en las capas freáticas, se forma la fuente. Está en gestación. Entonces, es como si la Tierra estuviera embarazada de una fuente. Finalmente, la fuente brota, casi siempre en una ladera o al pie de una montaña.
Se trata pues de un nacimiento. Al igual que un niño, crece: la fuente es una representación de un bebé; el arroyuelo o riachuelo, un niño pequeño; el afluente, un adolescente; y el río, un hombre. Toda una vida parece ya trazada y podemos seguirla, comprenderla, observar el recorrido de una fuente que se convierte en río en la superficie de la Tierra. Este recorrido es el destino del hombre. Sin embargo, como sabemos, el afluente, y más tarde el río, no se desliza en línea si recta hacia el mar (sino que parece más bien desplazarse como una serpiente), porque la Tierra gira. Por consiguiente, este movimiento de rotación influye sobre el curso del agua. Así pues, en analogía con el destino del hombre, el agua del río solamente puede dirigirse hacia el mar, como si él mismo estuviera destinado a morir, a volver sobre el principio original de donde viene. Puesto que, simbólicamente, así como las entrañas de la Tierra son comparables al vientre de la madre, el mar representa las aguas primordiales en las cuales el ser está en gestación, donde el feto se forma. Es al mar adonde van a parar todas las fuentes convertidas en ríos. De tal forma, el alma única y encarnada, representada por la fuente, que brota aisladamente, se reúne tarde o temprano con las almas que, juntas, constituyen el océano de la vida. Así es como, desde antaño, nuestros antepasados hicieron de la fuente un símbolo del nacimiento del hombre, del flujo original, la esencia de toda vida, y del océano, la representación del Caos inicial en el que las almas desencarnadas van a parar después de su pasaje sobre la Tierra, a la espera de una nueva vida.




