El unicornio

Este animal mitológico y fabuloso es el protagonistas de muchas leyendas, cuentos o historias maravillosas. Cuando en la imaginación de los hombres los símbolos se convierten en seres vivos, el unicornio toma cuerpo, forma y sustancia.

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En general, la representación que hoy nos hacernos de este animal fabuloso se halla muy próxima a aquella que figura en el ciclo de seis piezas de la célebre tapicería de finales del siglo XV, La dama y el unicornio, en el Musée de Cluny en París.
El unicornio aparece inicialmente bajo aspecto de un animal fantástico e irreal, con cuerpo de caballo, de pezuña hendida, y con cabeza de macho cabrío, cuya frente posee un cuerno largo. De ahí proviene su nombre latino, uni-cornus, del que deriva en castellano el término con que actualmente lo conocemos.
El mito del unicornio es citado por primera vez por la pluma del historiador griego Ctesias, médico de Ciro el Joven (423-401 a.C.), y luego por Artajer-jes II Mnemón (404-358 a.C.), ambos -Ciro y Artajerjes- reyes y hermanos enemigos que llevaron el Imperio persa al caos. De ahí que casi siempre se atribuya el origen del mito del unicornio a los persas.
En su historia, Ctesias, que siguió a Artajerjes por Egipto y por la India, menciona las virtudes medicinales, atribuidas al cuerno de este animal mítico, que, en realidad, no era otro que el rinoceronte blanco indio. En cualquier caso, al igual que el unicornio de las leyendas, el rinoceronte blanco es un animal más bien solitario, muy temido, absolutamente herbívoro y que vive en zonas pantanosas. Posee un olfato muy agudo que hace que el aproximarse a él resulte prácticamente imposible. Y, por supuesto, tiene uno o dos cuernos en el hocico. Por otro lado, es cierto que se atribuyen poderes afrodisíacos al polvo del cuerno de rinoceronte y que el unicornio, a pesar de su gracia y fragilidad aparentes, y el carácter femenino que a veces se le otorga, es un símbolo masculino fálico. Sea cual sea el origen histórico del unicornio, el caso es que se convirtió en un animal mítico muy apreciado durante la Edad Media. Símbolo de pureza y castidad, era una representación de la Virgen María. Sin embargo, su carácter salvaje, indomable, y la leyenda según la cual sólo una virgen podía acercársele y domesticarlo, hicieron de él también una figura del Niño Jesús. Otra leyenda, presente desde el siglo XI, afirmaba que beber de un cuerno de unicornio protegía de todos los venenos. Más adelante, los alquimistas lo asociaron al ciervo y acabaron por formar una pareja perfecta. En su mentalidad, se produjo entonces una curiosa inversión —fiel sin embargo a la leyenda mítica del unicornio—, que nos recuerda que para los hombres de la Antigüedad, especialmente en Egipto, el cielo era femenino, representado por la diosa Nut, y la Tierra era un principio masculino, encarnado por el dios Geb.
Para los alquimistas, pues, el unicornio representaba el espíritu, el azufre, principio masculino, y el ciervo simbolizaba el alma, el mercurio, principio femenino. De manera que, de la unión de ambos, podía nacer el ser divino.