El dragón

Este animal mitológico y fabuloso es el protagonistas de muchas leyendas, cuentos o historias maravillosas. Cuando en la imaginación de los hombres los símbolos se convierten en seres vivos, el dragon toma cuerpo, forma y sustancia.

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Sin hacer ninguna amalgama y sin querer encontrar a toda costa correspondencias, coincidencias y lazos entre algunas creencias del pasado y las que atormentan la imaginación de los hombres contemporáneos, no podemos evitar constatar que existen muchos puntos en común entre el mito del dragón, animal de leyenda, y el del dinosaurio, del que sabemos que existió pero nos parece igual de fantástico. En cierta forma, el dinosaurio tiene todavía algo más de irreal que el dragón, por el hecho de que más de cien millones de años nos separan de su presencia en la Tierra. Pues bien, ¿cómo podemos imaginar lo que significan cien millones de años, nosotros que sólo vivimos en la Tierra apenas setenta u ochenta años? ¿O sería posible que el ser humano hubiera conservado, en las capas más profundas de su memoria, huellas inconscientes de la existencia de este gran reptil? No podemos afirmar nada al respecto. Todo lo que sabemos hoy en día es que el hombre, por inteligente que sea, nunca empleará apenas un 10% de las capacidades de su cerebro y que, normalmente, no vivirá más de cien años, a pesar de que dispone de una cantidad de células grises suficientes como para durar mil años.

En todo caso, aunque no sabemos si nuestros antepasados habían encontrado ya esqueletos de dinosaurio, una cosa es cierta: la iconografía del dragón presenta casi siempre un animal fabuloso con rasgos de gran reptil dotado de alas o de aletas, una larga cola, largas patas con dedos tanto en forma de garras, como palmeados y escupiendo fuego. Al menos es como se representa en Occidente.

En cambio, en China, el dragón, animal mítico, símbolo del Yang, de la fecundidad y de la actividad, se representa más bien como una serpiente enroscada en el centro de la Tierra, origen de la creación del mundo. El cielo y las constelaciones se mostraban casi siempre también con una gran serpiente que recubría la Tierra, tanto en Occidente como en Oriente. Ahora bien, simbólicamente, ha sido asociado e identificado con este fabuloso potencial de energías primordiales -a la vez destructoras y creadoras, celestes y terrestres—, que el hombre lleva en él y que también están en la Tierra. Como si una fuerza increíble, superando todo lo que podamos imaginar, fuera retenida prisionera en el seno de la Tierra igual que dentro del ser humano.

De ahí que para el hombre, vencer al dragón se convirtiera en una búsqueda, para hacerse con estas fuerzas primordiales, primitivas, que le encadenan en el ciclo infernal e interminable del nacimiento y la muerte, seguido de un nuevo nacimiento y una nueva muerte, etc. Una vez más, los mitos y los símbolos del dragón se integraron en la simbología alquimista. Al igual que el ciervo, el gran principio femenino y mercurial, el dragón debía ser sacrificado para que pudiera serle extraído el azufre, el gran principio masculino.