El diluvio
En todo el mundo, y en versiones diferentes, aparece el mito del diluvio. Pero su significado simbólico es siempre el mismo.

La Biblia es el más antiguo libro conocido de recopilación de textos. En efecto, los relatos que la componen no fueron escritos por un único autor y, seguramente, tampoco se redactaron en el orden cronológico en el que podemos leerlos hoy día. Además, los temas de algunos de estos relatos fueron prestados o se inspiraron en leyendas míticas, ya existentes antes de que los primeros autores empezaran probablemente la redacción de los primeros textos bíblicos hacia el siglo Di a.C. Desde que hace 150 años se emprendieron excavaciones arqueológicas en Irak, se han encontrado miles de tablas de arcilla; en ellas figuran relatos históricos, religiosos, míticos, poéticos y literarios, en escritura cuneiforme, grabadas con cálamo (caña o buril talado que utilizaban los sumerios, babilonios y asirios para escribir). Los más antiguos
datan de unos tres mil años antes de nuestra era, es decir, que se grabaron en arcilla hace aproximadamente ¡cinco mil años! Uno de ellos, cuya huella escrita se remonta al 1700 a.C., es el más antiguo relato del diluvio.
El relato más antiguo del diluvio
Esta mítica leyenda empieza en un tiempo en que sólo los dioses vivían en la Tierra. Reinaban los Anunnaki y tenían a su servicio una clase de dioses inferiores, los Igigi, que se ocupaban del trabajo del campo y su mantenimiento. Sin embargo, los Igigi se rebelaron y amenazaron con destronar a Enlil, dios supremo de los Anunnaki. No sabiendo qué hacer, Enlil consultó a Ea, su consejero, que le propuso sustituir los Igigi por una nueva raza inferior que se ocuparía de los trabajos que éstos no querían asumir: así nació la raza humana. El hombre se creó a partir de arcilla, tan abundante en ese país, y, para que se pareciera a los Igigi a los que iban a sustituir, se humedeció con sangre de uno de ellos, al que hubo que sacrificar para dicha circunstancia. Dicho y hecho, el hombre fue creado para ser esclavo de los dioses. Los esclavos cumplieron tan bien su tarea que prosperaron y proliferaron, y armaron tal alboroto que acabaron por romper la quietud de los Anunnaki. Furioso, Enlil decidió eliminar esta raza de seres inferiores y revoltosos provocando una epidemia. Pero Ea, que se sentía demasiado implicada en la creación del hombre, avisó a uno de ellos, Atra-hasis, para que pudiese salvar a los hombres de este peligro. Lo consiguió. Pero de nuevo todo tomó su curso habitual, es decir, que el alboroto siguió. Enlil, aún furioso, utilizó esta vez la sequía para que los hombres pasaran hambre y muriesen. Una nueva intervención de Ea a través de Atrahasis volvió a conseguir salvar la humanidad de ese nuevo desastre. La vida de los hombres continuó, pero su rebeldía aumentó y, esta vez, Enlil, al borde del ataque de nervios, tomó una solución radical: provocó un diluvio. Pero Ea, siempre atenta, previno a tiempo a Atrahasis con estas palabras: le dijo, debes «construir un barco con
dos cubiertas, sólidamente aparejado, debidamente calafateado y robusto», en el que «embarcarás reservas, muebles, riquezas, esposa, parientes y allegados, capataces, así como animales domésticos y salvajes». Después de esto, sólo tendrás que «entrar en el barco y cerrar la escotilla». Y, más o menos, es esto lo que dice el relato tradicional del diluvio.
El diluvio simbólico
Que los escritores de la Biblia se hayan inspirado en un relato más antiguo, que interpretaron y transportaron a su manera, que se trate de Ea o Yahvé, Atrahasis o Noé (Noah en hebreo está emparentado con los verbos «conducir», «consolar» y «arrepentir»), no cambia nada en cuanto al contenido simbólico de la leyenda del diluvio. Este anuncia y revela una regeneración necesaria, una renovación que sólo podrá surgir del caos. En la Tierra, el caos se producirá en forma de desastre natural -inundación, tormenta, maremoto—, pero también tiene lugar en cada uno de nosotros cuando somos víctima de una enfermedad o cuando nuestros deseos, emociones y pasiones nos hunden.
Las gentes de Mesopotamia y los hebreos no fueron los únicos en componer su versión del diluvio; ya que también se encuentran relatos parecidos en otras civilizaciones. En la mitología india, Vishnu, el dios solar supremo del hinduismo, se transformó en pez y salvó del diluvio a Manu, padre de la humanidad, y lo llevó a las montañas del Himalaya, para que estuviese a salvo de las inundaciones. En la mitología griega, Zeus, cuando creyó que los hombres de la Edad de Bronce eran una raza en camino de la perdición, decidió diezmar esta raza provocando un diluvio. El dios olímpico consideró que debía salvar solamente a Deucalión, hijo de Prometeo, y a su esposa Pirra, la hija de Pandora -primera de todas las mujeres-. Les ordenó que se fabricasen una barca o arca. Estalló el diluvio y Deucalión y Pirra se salvaron. Cuando todo acabó, Zeus les pidió que formulasen un deseo. Deucalión pidió tener la compañía de otros hombres. Zeus le ordenó que tirara piedras por encima de sus hombros y de estas piedras nacieron los hombres. Sea cual sea su versión, el diluvio siempre es portador de esperanza, renovación y renacimiento. Evidentemente se trata de una catástrofe, un cataclismo; pero no del fin del mundo ni de los tiempos. Nos enfrenta a un desbordamiento, como su sentido etimológico nos indica, pero también nos sugiere un «diluir», es decir, «disolver, disipar, aclarar, lavar».




