¿Qué es la adivinación? 1

¿Cara o cruz?

Nuestro ejemplo es la moneda que lanzamos al aire diciendo: ¿cara o cruz? cuando queremos repartirnos una tarea sin que a las partes enjuego le parezca el reparto arbitrario, obtener algo, conseguir algún bien o hacer alguna elección cuando no nos vemos capaces de tomar ninguna decisión. ¿Qué estamos haciendo al lanzar la moneda pronunciando las conocidas palabras? Remitirnos al azar. No somos nosotros, pues, quienes decidimos lo que nos parece difícil decidir, sino el azar. Por eso, si tienes la suerte de que la moneda caiga del lado que habías escogido, puedes considerar que has obtenido una información positiva, es decir, un oráculo favorable. En cambio, si la moneda cae del otro lado, tu oráculo es desfavorable.

Es evidente que la observación científica excluye cualquier perspectiva de azar. Para el científico, el azar no puede existir y debe incluso ser eliminado. La experiencia científica implica efectivamente la repetición inmutable de algunos factores y parámetros, que son identificables, que se pueden medir y cuantificar, y que se pueden reproducir hasta el infinito y que, por supuesto, no dejan nada al azar. Ya que si, precisamente por azar, algún factor inesperado se manifestara, se pondría en duda, por ejemplo, el orden y la coherencia de una fórmula. De ahí que podamos deducir que, desde el punto de vista científico, el azar es el elemento que debe ser forzosamente eliminado, mientras que para el oráculo de la adivinación, todo se basa en el azar, todo depende de él. La investigadora MarieLouise von Franz escribió al respecto:

«Las experiencias eliminan el azar, el oráculo hace del azar su centro; la experiencia se basa en la repetición, el oráculo se basa en un acto único. La experiencia se basa en un cálculo de probabilidades y el oráculo utiliza el número único e individual como fuente de información».

Los principios de la adivinación

La emoción es un movimiento constante. El hombre es evidentemente un ser provisto de numerosas emociones, que, la mayoría de las veces, engendran en él no menos numerosas contradicciones y cierta confusión. Ahora bien, el juego, del tipo que sea, es una forma como cualquier otra de organizar el mundo interior y exterior al mismo tiempo, de ser el centro de dicha organización y, así, poner orden a sus emociones, incluso dominarlas. Cuando el espíritu del hombre está jugando, éste es dios, es decir, es dueño de sus emociones. No en vano, dicho dominio le permite tomar elecciones, decisiones, actuar «conscientemente» o «a propósito», como suele decirse. Hace lo que cree que debe hacer. Lo hace tanto más y mejor, en cuanto que ha obtenido un signo, una aprobación o un consejo. Por ello interrogamos el oráculo y practicamos la adivinación.
El gran juego de la vida es la realidad. Mediante la adivinación, el hombre siempre ha intentado no perder su vida, sino, al contrario, ganarla, es decir, convertirse en dueño de su destino y ser digno de él.