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Pablo de Olavide, proceso a la Ilustración

Don Pablo de Olavide nació en el Perú, en 1725, y allí destacó ya como oidor de la Audiencia de Lima durante el terremoto que asoló la ciudad en 1746. Según parece, estuvo encargado de la administración de los fondos destinados a reparar los efectos del desastre, y de allí hubiera salido con una sólida reputación de hombre íntegro si no hubiera habido ciertas murmuraciones que lo acusaban de haber construido un teatro con los fondos destinados, supuestamente, a la construcción de una Iglesia. Y por este motivo se le ordenó venir a España para aclarar el asunto, que quedó zanjado, el hombre libre y la carrera todavía por hacer.
Aquí en España trabó contacto rápidamente con los ilustrados de la época. Se codeó con la crema gubernamental y el conde de Aranda lo tomó bajo su protección. Al poco tiempo ya era intendente de Andalucía y asistente de Sevilla, lo que le facilitó las cosas para proponer su famoso plan de reforma de aquella Universidad, todo un escándalo para la época, una verdadera revolución, pues nuestro hombre se mostraba partidario de centralizar todas las competencias en materia educativa, además de postergar los estudios religiosos para favorecer las ciencias físicas; según algunos, una verdadera barbaridad propia de un irreligioso con puntas heréticas. Como muestra de su postura centralizadora, téngase en cuenta este comentario de Olavide, quien se lamenta de que:

"España sea un cuerpo compuesto de muchos cuerpos pequeños, en que cada provincia (...) sólo se interesa en su propia conservación, aunque sea con perjuicio y depresión de las demás, y en que cada comunidad religiosa, cada colegio, cada gremio, se separe del resto de la nación para reconcentrarse en sí mismo".

O incluso ésta, de más enjundia y que podría dar para un debate muy actual sobre el problema de los nacionalismos, tan de moda en nuestros días:

"De aquí proviene aquel fanatismo con que tantos han aspirado a la gloria de fundadores, queriendo cada particular establecer una república aparte con leyes suyas y nuevas; vanidad que se ha introducido hasta en la religión y en la libertad de los que mueren (...) Por estos principios se puede hoy mirar la España como un cuerpo sin vida ni energía, como una república monstruosa, formada de muchas que mutuamente se resisten".
Pero no fue su centralismo a machamartillo lo que lo convirtió en un hereje. Esto ocurrió un poco más tarde. Hacia mediados de la década de los sesenta se empezó a hablar, con toda la seriedad del mundo, de la conveniencia de repoblar Sierra Morena, tierra despoblada por aquel entonces y, por tanto, totalmente desaprovechada para el cultivo. De modo que empezaron a salir de debajo de las piedras proyectos de repoblación más o menos razonables, siendo aprobada en 1767 una concesión para el establecimiento de colonias agrícolas de extranjeros en esas tierras baldías. Los colonos serían alemanes, unos seis mil, por supuesto católicos, y el superintendente encargado de fundar las colonias y administrar los fondos públicos sería don Pablo de Olavide, quien, en poco menos de una década, fundó trece poblaciones, algunas de las cuales aún existen.
Pero claro, no todo fue eficacia. Pronto saltó la voz de alarma; lo de siempre: acusaciones de malversación, dejadez, abandono y reparto injusto de propiedades. El proyecto se venía abajo. La gestión de Olavide cosechaba críticas por doquier. Inevitablemente, se metió la Iglesia por medio y empezó a sacar conclusiones. Resultó que entre los colonos había algunos protestantes, y para colmo de maldades las pobres almas allí reunidas carecían del suficiente pasto espiritual. Faltaban clérigos católicos que hablaran con corrección la lengua alemana. El desamparo moral era absoluto. En definitiva, un verdadero desastre, una calamidad y una vergüenza. Algunas miradas comenzaron a reparar en el superintendente.