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Miguel Servet, el más heterodoxo de todos los herejes

Miguel Servet dejó escritas sus ideas teológicas en dos polémicas obras: De Trinitatis Erroribus (Errores sobre la Trinidad), publicada en 1531, y Cristianismi Restitutio (Restitución del Cristianismo), publicada en 1553, pero cuya primera versión fue escrita en 1546. El título completo de este segundo libro es especialmente elocuente y da ya una idea de cuáles eran las tesis que va a defender, que no propagar, pues, según parece, nunca tuvo excesivo ánimo proselitista, lo que ya de entrada nos hace simpático al personaje. El título completo es éste:
Restitución del Cristianismo, o sea revocación de la Iglesia Apostólica a sus antiguos quiciales, mediante el conocimiento de Dios, de la fe de Cristo, de nuestra justificación, de la regeneración del bautismo y de la manducación de la cena del Señor. Restitución, finalmente, del reino celeste, después de romper la cautividad de la impía Babilonia, y destrucción total del Anticristo con todos sus secuaces.
Que nadie se llame a engaño; la "impía Babilonia", para Miguel Servet, era la Iglesia de Roma; y el "Anticristo" al que hace referencia, el Papa, al que también llama "diablo" y "siervo de Satanás". Para Servet, la Iglesia romana será "aquel gran dragón", la "serpiente antigua", la "bestia entre las bestias", la "meretriz desvergonzada". No fue el primero en hacer tales juicios. Ya los cataros la habían llamado "Gran Babilonia", "Sinagoga de Satán" y "Basílica del Diablo".
Pero estos eran, simplemente, los insultos de un hombre impertinente que hacía uso de una dialéctica agresiva muy de moda en el siglo XVI, época de grandes imprecaciones, polémicas inteligentes y diatribas de ida y vuelta preñadas de argumentos perspicaces. Pero lo grueso del asunto, y lo que rasgaba las vestiduras católicas y protestantes, era lo referente al dogma. De hecho, cuando fue juzgado en la ciudad de Ginebra, los jueces que lo condenaron hallaron sesenta y ocho proposiciones heréticas en sus obras. Y es que Miguel Servet rechazaba cualquier culto externo, por parecerle un resabio de paganismo por completo ajeno a las enseñanzas de Cristo. Negaba, incluso, la necesidad de celebrar el domingo, pues según él "todos los días son domingos o día del Señor77. No veía necesaria, para tenerle devoción a Jesucristo, ni la misa, ni el agua bendita, ni el hisopo, ni los votos monásticos, ni la confesión al párroco y ni siquiera la visita al templo, y mucho menos la existencia de un templo. Para Servet, cualquier lugar era el templo de Dios. El sacerdocio no es necesario porque todos los hombres somos iguales para Dios, porque todos fuimos redimidos por igual en el sacrificio de Cristo."Todo cristiano es rey y sacerdote", decía Miguel Servet, de donde se colige la gratuidad de la figura del clero. Sí es necesaria la confesión, venía a decir, pero una confesión mutua de los pecados declarada públicamente entre los fieles, y no en secreto y al oído de un privilegiado. ¿Por qué este privilegio?, preguntaría Servet con impertinencia.
Miguel Servet aceptaba como válidos únicamente dos sacramentos: el Bautismo y la Eucaristía, pero también en esta cuestión se separaba radicalmente de los católicos, de los luteranos y de los calvinistas. La Eucaristía debía celebrarse a imitación de la última cena de Cristo, con el pan y el vino llevado por los propios cristianos, y donde el pan y el vino fueran repartidos entre todos por igual. Y el pan debía ser pan y el vino vino, o cualquier otra bebida adecuada para tal ceremonia eucarística. Pero en ningún caso la simbólica hostia. Qué necesidad hay de la hostia, diría Servet, si Cristo está en todas partes. La cena debe ser una cena, porque así pidió Cristo que se hiciera en conmemoración suya. Rechazaba así la idea de la transustanciación postulada por los católicos, deslizándose por un terreno que la mayoría de los autores han considerado panteísta. Don Marcelino Menéndez y Pelayo insiste hasta la repetición cansina sobre este punto, pero puede que tuviera razón. El polígrafo llega incluso más lejos; le busca influencias panteístas a Servet, entre ellas Escoto Eurígena y David de Dinant, dos famosos herejes, y concluye con una afirmación iluminadora:
"En la hoguera de Miguel Servet acaba el panteísmo antiguo; en la hoguera de Giordano Bruno comienza el panteísmo moderno. No sé qué oculto lazo une estos dos nombres y hace recordar siempre el uno cuando se habla del otro. Pareciéronse no sólo en lo aventurero y errante de su vida y en el término desastroso de ella, sino en condiciones geniales, en el poder de la fantasía, en la viveza y lucidez, mezclada con extravagancia, de su entendimiento y en la tendencia sintética. Parécense también en la concepción primera de Dios como unidad vacía y abstracta, de la cual todas las cosas emanaron. Uno y otro profesan la doctrina de la sustancia única y ambos aprendieron en libros neoplatóni-cos. Pero la doctrina de Bruno, como eminentemente naturalista que es, difiere en su método y punto de partida, aunque no en las conclusiones, de la doctrina idealista de Servet".