Galería de penitenciados:
Juana de Arco, doncella, heroína y relapsa

Sintetizando al máximo los acontecimientos, lo que ocurrió con esta mujer fue lo siguiente:
Juana de Arco nació en 1412, en la aldea de Domrémy, la actual Domrémy-la-Pucelle. Era hija de Jacques D'Arc, al que habitualmente, en las historias que se cuentan sobre Juana, se le concede el rango de "campesino humilde", cuando con toda seguridad fue un "pequeño propietario con importantes protectores". El dato no es caprichoso, pues es necesario hacer constar que la familia de Juana, aunque humilde, no carecía de medios para sostenerse con dignidad. Es importante recalcar esto, pues en los interrogatorios a que fue sometida por la Inquisición, ella misma va a insistir, una y otra vez, en el hecho de que cuando oía las famosas "voces" ni estaba en ayunas ni había ayunado el día anterior. Es decir, que no eran producto de una alucinación atribuible al hambre.
La infancia de Juana resulta apacible. Es la infancia de una niña normal de la campiña normanda. No va a la escuela. No aprende ni a leer ni a escribir, cosa habitual en la época que no debe sorprendernos lo más mínimo. Años más tarde, al preguntársele sobre esta cuestión, recordará ante los inquisidores que tuvo una infancia feliz, y aportará datos relevantes sobre la naturaleza de ciertos juegos alrededor del llamado "Árbol de la Hadas" en el bosque de Chesnu donde, según una tradición normanda, se aparecían seres mágicos que hablaban con los lugareños. Juana de Arco insistirá una y otra vez en que ella nunca creyó tales historias, pese a la insistencia de una tía suya, Juana Aubry, quien también era su madrina, que aseguraba haber visto a las hadas en el famoso árbol.
Con tan sólo trece años, Juana de Arco comienza a escuchar una extraña voz que ella va a identificar con la voz de Dios. Más tarde, confesará haber visto al mismísimo arcángel San Miguel y a las primeras mártires Santa Catalina y Santa Margarita, cuyas voces la van a acompañar durante el resto de sus días aconsejándole cómo actuar y convenciéndola de que ella está destinada a salvar Francia del poderío inglés.
Ante tales afirmaciones, el espectador incrédulo comienza a sospechar que se encuentra, una, vez más, ante una historia viciada por la leyenda y el mito, y levanta la ceja con escéptico descrédito. Suspicaz y receloso, el incrédulo no se cree ni una palabra. "Qué casualidad, hombre, que siempre se manifiesten los santos a los más humildes", se dice el desconfiado impío.Ya de por sí, resulta difícil de creer que los santos y las vírgenes puedan hablarle al ser humano, pero que lo hagan a una niña de trece años presumiblemente ingenua e ignorante, en pleno siglo XV, y además la inciten a la guerra contra un enemigo que lleva asolando su país desde hace setenta años, suena absolutamente desproporcionado, descabellado y hasta imprudente, por no decir suicida y criminal. Pero aún así el relato es interesante y nuestro hombre continúa informándose.
A partir de aquí, los hechos son incontestables. El relato de Juana de Arco pertenece a la historia de lo visible y verificable, aquella que se fundamenta en hechos comprobados. Y nuestro incrédulo espectador descubre, espantado, que la aguerrida muchacha tuvo la osadía de presentarse ante el delfín de Francia, futuro rey Carlos VII, para ofrecerle su ayuda contra el enemigo inglés, pues ella tenía la divina misión de salvar la patria.
Nos encontramos en 1429. Juana de Arco tiene diecisiete años y, con la ayuda de un tío suyo, consigue llegar hasta el mismísimo delfín. La situación de Francia en ese momento es insostenible. Los ingleses se encuentran a las puertas de Orleans, única zona aún no conquistada por el enemigo. La ciudad está sitiada y lista para capitular. Y así las cosas, se le conceden a Juana una serie de tropas bajo su mando y consigue vencer a los ingleses y liberar definitivamente Orleans. La jugada ha sido maestra, y desde ese momento, y en pocos meses, Juana reconquista Jargeau, Meung-sur-Loire, Beaugency, Patay y, finalmente, Reims, donde corona al delfín Carlos como Carlos VII, rey de Francia, para luego dirigirse a la conquista de Soisson, Chateau-Thierry, La Ferté-Milon, Crépy y, por último, Compiegne, donde se producirá su caída.