La invención de la herejía
Érase que se era la religión de la paz y el amor, fundada por Cristo, quien sufrió tormento en la cruz por causa del fanatismo de los hombres. Los cristianos santificaban la vida y abominaban de la violencia. Para ellos, el derramamiento de sangre era un pecado atroz. Por este mismo motivo, se negaron a luchar en los circos de Roma. Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que no hubo gladiadores entre los primeros cristianos. Los emperadores romanos exaltaban la lucha en los campos de batalla y los cristianos ignoraban la ley. Por ello, fueron perseguidos. En su huida para salvar la vida, llevaron la buena nueva a todos los confines del Imperio. Sus continuos ejercicios de proselitismo extendieron el salvífico credo por todo el mundo conocido y, al cabo, lograrían ser aceptados. Ocurrió a principios del siglo IV. Mientras fueron una piedra de disidencia en las entrañas de Roma, sufrieron idéntico tormento que el fundador de la doctrina que ellos practicaban. En cambio, cuando se convirtieron en una fuerza que amenazaba con destruir la gloria de Roma, fueron acogidos con entusiasmo. La actitud de las autoridades de la época resulta razonable en todo momento desde una perspectiva política. ¿Cómo no iban los romanos a hostigar a la minoría cristiana que se negaba a luchar por la gloria de Roma? Pero cuando la minoría se convirtió en mayoría, ¿cómo podían no ser bien recibidos esos súbditos del Imperio? Cuando el emperador Constantino, en el año 313, abjuró de su paganismo y aceptó la fe de Cristo, introdujo en la Iglesia una novedad de gravísimas consecuencias futuras. Cuando Roma se hizo cristiana, la Iglesia de Cristo se convirtió en Imperio Romano, y al hacerlo heredó también, a modo de perverso milagro, todo su legado represor. Esto, que en el siglo II era inconcebible, se volvió una realidad en el siglo IV. El apologista y teólogo romano Tertuliano lo dejó dicho en una de sus obras. Al valorar la inconciliable diferencia entre el cristianismo y los valores tradicionales de Roma, afirmó:
"El mundo puede que requiera de cesares, pero el emperador nunca puede ser cristiano, ni un cristiano puede ser emperador".
Lo que resultaba tan incontestable hacia el año 197, no lo fue sin embargo en el año 313. Con olvido de toda obviedad, el emperador se hizo cristiano, pero el mundo siguió necesitando de los cesares. Poco a poco, en la religión de Cristo se fue introduciendo la violencia de Roma. Si en la época de Tertuliano no había ni un solo soldado cristiano, hacia el año 416 el emperador de oriente Teodosio II decretaría, mediante edicto, que sólo los cristianos tenían derecho a alistarse en el ejército. Si los primeros cristianos estaban dispuestos a morir antes que matar, después de Constantino estarán dispuestos a matar ad maiorem Dei Gloriam. Desde entonces, la historia de la Iglesia Católica es también la historia de sus crímenes. El relato de esos crímenes constituyen lo que habremos de llamar la Historia Universal de la Herejía.
La cristiandad experimentó una transformación radical. En el mismo momento en que dejó de estar perseguida, se convirtió en perseguidora. Se podría decir, incluso, que a partir de ese momento fue ya otra Iglesia, una Iglesia más preocupada en seguir existiendo que en la santidad de la existencia. Se podría decir, también, que su preocupación máxima no fue ya la predicación del sermón de la montaña, el mensaje de los Evangelios o la Gloria de Dios, sino el mantenimiento de la gloria de la propia Iglesia. Y así, todo aquel que amenazara con desestabilizarla sería condenado, reprimido, torturado y, finalmente, aniquilado. Cualquier clase de desavenencia sería declarada herética. Su ambición de universalidad sería su peor consejera. Y en nombre de esa universalidad irá traicionando, con el paso de los siglos, sus iniciales propuestas hasta convertirse, a partir de la Edad Media, con la triste iniciativa de la Inquisición, en la mayor organización represiva que ha conocido el mundo. Todavía en el siglo IV existía la aversión por el derramamiento de sangre. San Agustín, que fue un enérgico luchador contra las primeras herejías que socavaban los cimientos de la Iglesia, abominaba de las ejecuciones, y se enfrentó a donatistas y pelagianos con la fuerza de la palabra y la razón. Las primeras herejías, anatematizadas en diferentes concilios, fueron depuradas sin violencia, pero no así las que siguieron.




