Herejías menores: Solicitación

hechizos

Si recurrimos a la literatura como espejo de la sociedad, observamos una enorme grieta entre la figura del clérigo con barragana que aparece en El Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, y el arcipreste de San Salvador del Lazarillo de Tormes. En el primer libro, el pecador es comprendido con sabia ecuanimidad; en el segundo, es criticado con severa intransigencia. El libro del Arcipreste de Hita, en plena Edad Media, nos muestra a un hombre débil con el que debemos ser clementes y comprensivos. El Lazarillo de Tomes, libro con ecos erasmistas, nos describe a un pérfido hipócrita, extorsionador marrullero, por el que sólo podemos sentir desprecio. La visión, como podemos observar, ha variado considerablemente; es el espíritu del que se va a valer la Contrarreforma hasta ampliar las competencias de la Inquisición para reprimir algunos delitos sexuales.
Desde entonces, el clérigo enamorado y con la testosterona a punto de rebosar, a pique de una orquitis, tendrá que hacer uso de su ingenio para procurarse un alivio de vez en cuando. Surge la figura de la solicitada. El párroco se empieza a fijar en sus feligresas, y éstas, mujeres de carne y hueso que acuden a la Iglesia para practicar el sacramento de la confesión, serán cortejadas por el varón reprimido que ha de oírlas en privado, al abrigo de la intimidad que a los dos les procura el sacramento penitencial. Y allí se consuma el delito, la falta grave, la herejía en una palabra, pues actitud herética es el pervertir un sacramento para hacerlo útil a fines particulares, muy alejados de aquellos otros para los que fue instituido.
Que nadie se escandalice por lo que voy a afirmar, pero las principales seducidas fueron las monjas y las viudas trota iglesias, aunque también hubo casos de mujeres solteras y casadas, lo que nos da una idea aproximada de la astucia con la que debían actuar los solicitadores. No soy yo quien lo dice, cuidado, que ya hubo en la época ilustres varones que vieron venir el problema y hasta lo denunciaron. Es el caso de San Vicente Ferrer, quien lo expuso con estas palabras tan reveladoras:
"Un religioso verá a la monja, mujer devota, y dirá: Yo la tomaré a mi cargo. Y hablando y oyéndola en confesión y continuando así, llegarán por esta familiaridad al pecado. Igualmente, el presbítero novel será devoto al principio, y corriendo el tiempo tomará cierta familiaridad y querrá tener una mujer que cocine para que él pueda servir mejor a Dios, pero estando con la mujer, llegarán poco a poco al pecado y hételo ahí caídos, ítem, mujeres que verán un religioso o presbítero devoto, desearían confesarse con él y comenzarán a "credo in Deum" para acabarla "carnis resurrectionem".
Y el padre Andrade, por su parte, hombre de aguda observación, dejó escrito:
"Las monjas están tan amarteladas por sus confesores y tan tomadas de su afición, que ni piensan ni tratan ni entienden de otra cosa; siempre quieren estar con ellos habiéndolos, viéndolos y comunicándolos".