Herejías menores: Iluminismo, alumbramientos, dexamientos y quietismos

Es mucho lo que se sabe de esta monja española que vivió entre 1602 y 1665, pero quizá lo más relevante de su vida es la poderosa influencia que ejerció sobre el rey Felipe IV, con quien mantuvo una prolífica relación epistolar. Fue conocida con el sobrenombre de "María Coronel", y se sospecha que la caída en desgracia del Conde-Duque de Olivares se debió al influjo que la monja tenía sobre el rey pasmado, pues ella era partidaria de que el monarca gobernara por sí mismo sus dominios pese a ser un incapaz. En cuanto a su más famosa obra, Ciudad mística de Dios, no es del todo cierto lo que afirma Casanova en sus Memorias. La Inquisición española nunca vio con buenos ojos todo aquello que resultara de una experiencia religiosa personal. El misticismo siempre estuvo bajo sospecha. Incluso las obras de nuestros más conspicuos místicos, como Santa Teresa, San Juan de la Cruz y Fray Luís de Granada, sufrieron el escrutinio severo de los inquisidores. Y lo mismo ocurrió con las obras de Sor María de Jesús, perseguidas y prohibidas por sus postulados cuasi quietistas, aunque finalmente resultaran absueltas de estas acusaciones.
El tema es complejo, y no debe sorprendernos que la Suprema se viera en más de una ocasión en el difícil brete de tener que separar el grano de la paja. ¿Qué comportamientos religiosos son heréticos y cuáles no lo son? ¿Cómo distinguir la auténtica mística del submundo pseudomístico donde se agazapaban los iluministas, alumbrados, quietistas y dexados? Y aún más difícil, ¿Cómo distinguir a los truhanes, a los picaros y a los embaucadores que montaban su número para comer de la ignorancia de la gente, de esas otras personas heterodoxosas, sinceras en su fe, que practicaron una religión intimista y personal, pero que incurrían en herejía dogmática por entenderse directamente con Dios sin la mediación del clero? Difícil tarea con la que tuvo que lidiar la Inquisición.
Quizá, para entendernos, lo mejor sea hacer una división escolar por grupos. Así nos encontramos con tres equipos bien diferentes:
En el equipo A juegan los campeones de la fe, los verdaderos ascetas de la ortodoxia, de religiosidad auténtica, respetuosos con el catolicismo oficial, verdaderos místicos que han pasado a la historia como tales, y así son hoy considerados. Estamos hablando de luminarias como Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Juan de Ávila, Fray Luís de Granada y otros tantos.
En el equipo B tenemos a una minoría de gentes que, aunque sinceros en su manera de vivir la fe, van a sufrir la consideración de herejes. ¿Por qué? Por alejarse de la liturgia al uso, por prestar poca atención a las ceremonias exteriores del culto, por pretender una relación personal con Dios, íntima y esencial, muy cercana al protestantismo, y que son realmente quienes deben ser considerados como alumbrados, iluministas, dexados y quietistas. Quizá el gran apóstol en España de estas nuevas concepciones religiosas fuera el jesuita Miguel de Molinos, quien sería procesado por la Inquisición y condenado a prisión hasta su muerte en Roma en 1696. Con esta forma de herejía, el Santo Oficio fue expeditivo, quirúrgico, agostándola en sus inicios, desde las primeras manifestaciones, surgidas a principios del siglo XVI por la onda expansiva que provocó el erasmismo. Y por ese motivo los alumbrados no echaron importantes raíces en España, aunque de vez en cuando brotaran cepas como las del molinosismo del XVII, de raigambre quietista. En realidad, el movimiento de los alumbrados en España puede quedar comprendido entre 1530 y 1570, con pálidos ecos posteriores.
Por último, el equipo C está formado por los milagreros y las beatas sin doctrina alguna, pero que van a disfrutar en vida de la aclamación popular de la España mostrenca y cerril, aficionada al martirio de los santos, a las llagas abiertas, a los ayunos atormentadores, a los estigmatizados con la sangre que chorrea de las muñecas y a la histeria nerviosa de quienes fingen visiones, se revuelcan por la celda del monasterio ante la supuesta contemplación de Dios y luego se dan una piadosa tunda de azotes en la espalda para huir de las tentaciones de este mundo perverso, espectáculo que impresionaba mucho a las gentes sencillas, siempre deseosas de tener cerca de sí a hombres y mujeres a quienes venerar en vida, e incluso rendirles culto como a auténticos santos. Estando así el patio, no es de extrañar que muchos religiosos y muchas religiosas cayeran en la tentación de fingir determinadas prácticas propias del misticismo hasta ser tenidos por santos.