Herejías menores: Hechicería

"Los oidores del Consejo de Navarra mandaron hacer secreta información sobre el caso, y resultaron más de cincuenta cómplices, por cuyas declaraciones se supo que habían tenido trato con el diablo en forma de mozo gallardo y fornido, y otras veces en figura de macho cabrío negro, celebrando con él estupendos y nefandos aquelarres, en que bailaban al son de un cuerno; todo después de los vuelos y untos consiguientes, ítem, que entraban en las casas y hacían en ellas muchos maleficios, y que en pago de su mala vida, y diabólicos pactos no veían en la mesa la hostia consagrada. El juez pesquisidor no quiso certificarse de la verdad del caso, y ofreció el indulto a una bruja si a su presencia y a la de todo el pueblo se untaba y ascendía por los aires; lo cual hizo con maravillosa presteza, remaneciendo a los tres días en un campo inmediato. De resultas de toda esta barahúnda, las brujas fueron condenadas a azotes y cárcel".
Más interesante me parecen las condenas por posesión de espíritus familiares, diablos domésticos que servían como criados a quienes habían hecho pactos con Satanás. Estas acusaciones sí fueron muy abundantes en los edictos de gracia y delaciones. En España recibieron los nombres de mandragaras, martinetes, magistrales y otros parecidos. Según el Gran Grimorio, libro que contiene enseñanzas comunicadas directamente por los diablos, quienes quisieran obtener los servicios de uno de estos lacayos sólo tenían que conseguirse un huevo de gallo negro y hacerle un orificio en su extremo superior. Luego, con una aguja, debían darse un pinchazo en el dedo meñique de la mano izquierda y verter en el huevo una gota de sangre, con lo que quedaba fecundado. El agujero había que taparlo con cera y, posteriormente, con el calor de la axila izquierda, incubar el huevo durante varios días, los mismos que tardaría una gallina en empollarlo. Tras esto, el diablillo romperá el cascarón tal y como haría un polluelo, y desde ese momento vivirá entregado por completo al capricho de su señor. Para alimentarlo, bastaba con darle de mamar la sangre del dedo meñique.
Por absurdo que pueda parecer, ésta era una creencia muy extendida en toda Europa, y apenas había brujo que no tuviera su martinete. El del famoso doctor Eugenio Torralba es un ejemplo que se hizo legendario ya en la época. De él se decía que poseía un diablo bueno llamado Zequiel, que le hablaba en latín y en italiano, le instruía en los secretos de las plantas medicinales y le aconsejaba en materia religiosa, además de traerle dinero y revelarle los secretos mejor guardados del Estado, lo que propició que Torralba tuviera buenas relaciones con el cardenal Cisneros, a quien, al parecer, iba con el cuento de todo lo que le predecía su martinete.
Pero todo se acaba y era fatal que Torralba cayera en desgracia tarde o temprano. Esto ocurrió en 1528. Para entonces, el buen médico no ocultaba ya sus dotes de nigromántico, circunstancia que aprovechó el tribunal de Cuenca para prenderlo por alarde diabólico. Un año antes le dio por decir que su martinete le había anunciado que el 6 de mayo de ese mismo año las tropas imperiales saquearían Roma, lo que ocurrió realmente. Aún así, Torralba fue tratado con benignidad al creérsele loco de remate. El 6 de marzo de 1531 se le sentenció a sambenito y cárcel, pero cuatro años después fue indultado.
Don Miguel de Cervantes, en el episodio del caballo Clavileño de la segunda parte de El Quijote, puso estas palabras en boca de su héroe:
"Acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos y los abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la pudiera asir por la mano, y que no osó mirar a la tierra por no desvanecerse".