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Galileo Galilei, la Razón humillada
A partir de este momento comienza a publicar una serie de obras que van sucesivamente argumentando a favor del sistema copernicano. En su libro Sidereus Nuncius explora la relación entre la Tierra y la Luna, y en Cartas sobre las manchas solares amplía el conocimiento que se tiene del sol, que permanece inmóvil, y cuya superficie no es lisa ni pulida, lo que también contradecía las aceptadas posturas de la Física de Aristóteles sobre la incorruptibilidad de los cielos.
Llegamos así a una situación delicada. Los descubrimientos de Galileo no afectaban únicamente al ámbito de la ciencia, sino que perturbaban también la concepción teológica que se tenía del mundo en aquella época. Por decirlo de otro modo, sus estudios sobrepasaban el terreno científico e interferían, quebraban o conmovían los cimientos de las convicciones teológicas. Lógicamente, enseguida se metió la Iglesia por medio.
La primera amonestación le llegó en 1613. El padre dominico Niccolo Lorini ataca por escrito a Galileo. Pero el científico cuenta con apoyos importantes. Otro sacerdote, el padre Castelli, sale en su defensa y previene a Galileo del peligro latente que se cierne sobre su obra, y nuestro hombre, que se considera un buen católico y no alberga la menor duda en materia de fe, se adelanta a dejar claras sus posturas. Por primera vez, argumenta a favor de la necesidad de distinguir entre el plano científico y el teológico. Para Galileo no existe maldad alguna en esta diferenciación; las demostraciones científicas no tienen por qué afectar a las cuestiones de la fe. Es más, la ciencia puede ampliar el conocimiento de la obra de Dios. La buena voluntad del científico, cuya fe es sincera, resulta evidente. Pero claro, quizá ignora o no prevé que al hacer tales afirmaciones se está deslizando por una pendiente resbaladiza. ¿Acaso no está abandonando el ámbito de lo puramente científico para entrometerse en cuestiones teológicas que no le competen? Y sobre todo, ¿no está anteponiendo lo que dicta la ciencia a lo que impone la exégesis teológica? ¿Acaso está insinuando que la Iglesia está equivocada en la concepción que tiene del universo?
Peligrosísima postura ésta de Galileo, quien en una carta a Castelli se muestra así de seguro o radical:
"Si bien la Escritura no puede equivocarse, pueden equivocarse sus intérpretes y comentaristas de varios modos: entre éstos uno sería muy grave y muy frecuente, cuando quieren detenerse en el puro sentido literal, porque así aparecen no sólo varias contradicciones, sino graves herejías y blasfemias; ya que sería necesario dar a Dios pies, manos y ojos, al igual que afectos corpóreos y humanos, como ira, arrepentimiento, odio y también a veces olvido de las cosas pasadas y la ignorancia de las futuras. Como en las Escrituras se encuentran muchas proposiciones falsas si se toma el desnudo sentido de las palabras, pero sucede así porque se acomodan a la incapacidad del numeroso vulgo, y es necesario que para los pocos que merecen ser separados de la estólida plebe los sabios expositores produzcan los verdaderos sentidos, e indiquen las razones especiales por las cuales esas palabras se han proferido".
Intentemos razonar con la perversa lógica de los inquisidores: ¡Qué está diciendo este hombre, Dios mío! ¿Será posible que esté insinuando que nosotros, los humildes siervos de Dios, incurrimos en herejía y blasfemia por tomar en sentido literal las Sagradas Escrituras? ¿Acaso se nos puede comparar a nosotros, meros intérpretes de la gloria divina, con la "estólida plebe" y el "numeroso vulgo", por aceptar como ciertas las verdades leídas en Tolomeo y Aristóteles, universalmente reconocidas por la verdadera Iglesia de Dios? Porque si es así, por muy sabio que sea nuestro hermano en Cristo Galileo Galilei, es un hereje impertinente al que hay que llamar al orden sin demora, no ya sólo para mantener el buen nombre de la muy Santa, Católica, Apostólica y Romana Iglesia, sino sobre todo por la salvación de su pobre y desdichada alma.
Y así se hizo. En 1614 interviene el fraile dominico Tommaso Caccini con una violenta prédica contra las tesis de Copérnico y Galileo, y al año siguiente, en el mes de febrero, el ya nombrado Niccolo Lorini envía una delatora carta-denuncia al prefecto del Santo Oficio en la que además adjuntaba una copia de la misiva del científico a Castelli. De inmediato, la Santa Inquisición abre un proceso y ordena investigar las obras de Galileo. Ya está el lío montado.




