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Fray Luis de León: Hereje por capricho de la envidia

La vida académica de Fray Luis de León (1527-1591) se desarrolló en la universidad de Salamanca, donde fue primero estudiante y después profesor, obteniendo en 1561 la cátedra de teología en feroz disputa con el dominico Diego Rodríguez, quien también aspiraba a ella y debió de quedarse con tres palmos de narices al comprobar cómo su contrincante se llevaba de calle aquello que él tanto anhelaba.
Es precisamente en este hecho donde encontramos, nosotros y todos los que han escrito sobre el caso antes que nosotros, el principio de la caída de Fray Luis. No hay que olvidar que nuestro hombre era un fraile agustino, y tampoco que la universidad de Salamanca estaba por aquella época dominada mayoritariamente por los dominicos. Si a estos dos elementos se les une un tercero, a saber: la feroz disputa que enfrentaba a dominicos y agustinos, cuyas respectivas concepciones teológicas, escolástica y escrituraria, eran diametralmente opuestas, tenemos ya preparada la simbólica leña donde en un futuro ardería el maldito hereje, aunque en este caso concreto el hereje no fuera llevado al quemadero sino a prisión, de donde salió bastante chamuscado.
Para colmo de males, casi por las mismas fechas, en realidad un poco antes, el Concilio de Trento había adoptado como texto oficial de la Biblia, intocable y canónico, la traducción realizada por San Jerónimo en latín, es decir, la llamada Biblia Vulgata, a la vez que prohibía que los libros sagrados fuesen traducidos a las lenguas vulgares o comentados filológicamente en las aulas. Y ambas prescripciones, elevadas a ley, fueron sistemáticamente violadas por el fraile agustino quien, debido a su carácter impetuoso, manifestaba pública e imprudentemente su absoluto desprecio por la traducción latina de San Jerónimo, por ser éste un texto plagado de errores no sólo de traducción sino teológicos. Es decir, Fray Luis de León, humanista puro, catedrático de teología, conocedor de la Biblia, que él leía y estudiaba en el original hebreo, hablaba mal de la Vulgata desde un punto de vista filológico, por considerarlo una fuente fallida para el conocimiento de la verdadera palabra de Dios. Pero claro, la Vulgata era el texto oficial de la Iglesia, y desdeñarlo era incurrir en herejía.
Ya de entrada, por el solo hecho de discrepar, Fray Luis de León era visto con ojos de sospecha en el ambiente universitario controlado por los dominicos. Y aquí es donde prende la chispa del rencor y la envidia: no sólo se le había concedido la cátedra de teología a un posible hereje que no aceptaba lo impuesto en Trento, sino que ese mismo hereje llevaba en las venas sangre judía.

¿O es que acaso se atrevía a negar que no era castellano viejo? ¿Acaso era mentira que descendía de judíos?, se preguntarían con malsano resentimiento los dominicos. Ahora se entendía todo. ¡Cómo se nota que la cabra tira al monte!, se dirían los envidiosos enemigos del agustino. Fray Luis estaba en el punto de mira, sólo faltaba que cometiera un desliz, que pegara un resbalón, que les diera un pretexto, y lo empapelarían sin contemplaciones pero con satisfacción.

Era inevitable y fatal que ocurriera. Años atrás Fray Luis de León había traducido al castellano, y con comentarios, nada menos que el Cantar de los Cantares del rey Salomón, el poema amoroso, el libro erótico de la Biblia. ¿No era esto una osadía? ¿No era esto una provocación? ¿Qué pretendía este hereje de antepasados conversos? ¿Reírse de nosotros, los dominicos? ¿Cachondearse de la Madre Iglesia Católica desobedeciendo las prohibiciones y vertiendo en lengua vulgar un libro sagrado que podía ser mal leído como texto lúbrico por ojos indiscretos?

Era sencillamente imperdonable. Era inadmisible. Era intolerable. Y ni siquiera le iba a servir como atenuante el que la traducción hubiera estado destinada, en manuscrito único, a la lectura personal de Ana de Osorio, su prima monja.
Fray Luis no dio a la luz pública su magnífica traducción del Cantar de los Cantares. La hizo sólo para complacer a su devota prima, pero llegó a oídos de los dominicos y estos supieron utilizarla convenientemente para quitarse de en medio a un adversario de origen converso que les robaba las cátedras y era un temible oponente en las diatribas universitarias.

Los delatores fueron los profesores dominicos León de Castro y Bartolomé Medina, que se erigieron como temibles adversarios no sólo de Fray Luis de León, sino también del hebraísta Martín Martínez de Cantalapiedra, a quien acusaron de judaizante, y del catedrático de griego Gaspar de Grajal, traductor de pasajes bíblicos. Los tres dieron con sus huesos en prisión, donde los acusados no podían disfrutar de la lectura, de la escritura y ni siquiera de asistencia religiosa.

Fray Luis de León estuvo preso desde principios de 1572 hasta finales de 1576, cuando fue finalmente absuelto de todos los cargos, aunque le confiscaran la traducción del libro de Salomón. Y aún tuvo suerte; los otros dos inculpados murieron en la cárcel.

Dice la leyenda, y yo me la creo, que al ser rehabilitado en su cátedra tras cinco años de penurias fue recibido por el alumnado con gran expectación, y que sus primeras palabras fueron éstas: "Dicebamus hesterna die" (Decíamos ayer). No hay ningún motivo que nos haga dudar de la veracidad de esta anécdota. En aquel tiempo los profesores aún dictaban sus clases en latín.

Además, tras el calvario pasado, y tal y como muestran sus obras posteriores, Fray Luis había fortalecido su espíritu ascético e incluso su temperamento ecléctico, entre estoico y cristiano, sabiendo aprovechar el sufrimiento hasta convertirlo en armonía suprema.