Los Conversos: Criptojudíos y criptomusulmanes
"La nueva y muy apretada situación de los judíos respecto de los cristianos durante el siglo XV fue mucho más decisiva para el rumbo de la vida española que el resurgimiento de las letras clásicas, los contactos con Italia o cualquiera de los acontecimientos que suelen usarse para vallar la llamada Edad Media y dar entrada a la moderna77.
Son palabras de don Américo Castro, que insinúan ya lo que vamos a estudiar en este capítulo, la matanza racial con que se inició la Edad Moderna en España, de graves consecuencias económicas, un fanático suicidio social con el que el país inició su andadura histórica ya como nación.
También son palabras de don Américo las siguientes:
"España era desde el siglo VIII una contextura de tres pueblos y de tres creencias".
Lo diremos desde el principio para ir dejando las cosas claras. Durante la Edad Media, en los distintos estados de la Península Ibérica, en lo que poco después se llamaría España porque siempre se llamó Hispania, había tres grupos étnicos de significado religioso, a saber: judíos, moros y cristianos.
Ante esta curiosa mezcla, surge una pregunta inevitable, cuya respuesta ha sido demasiadas veces manipulada por un ridículo fervor patrio que tiene muy poco de patriótico y sí mucho de fanático y peligroso. ¿Cómo fue la convivencia entre los miembros de estas tres religiones? Nada más falso que la historia con tintes míticos que pretende convencernos de los ocho siglos de gloriosa Reconquista. Nada más ilusorio, adulterado y postizo que esos ochocientos años de luchas sin cuartel que pretenden vendernos algunos historiadores salvapatrias que establecen una distinción política y hasta geográfica entre el cristiano español y el sarraceno enemigo y extranjero, o entre el español cristiano y el judío israelita ajeno y disidente. Resulta casi obligatorio plantearse algunas cuestiones fundamentales para empezar a entender aquellos complejos siglos que dieron lugar a lo que luego sería España: ¿no eran, acaso, españoles, los judíos que fueron expulsados en 1492? ¿No eran españoles, acaso, los moriscos a los que expulsaron en 1609? Y aún más; si consideramos ya como españoles a los Reyes Católicos, ¿por qué negar ese calificativo a Boabdil el chico y a todos los que partieron hacia el exilio tras la conquista de Granada, a todo ese pueblo que llevaba viviendo ocho siglos en esta tierra? ¿Consideraremos español a un rey de Castilla como Alfonso X y le negaremos tal condición a los judíos y a los moros que vivían pacíficamente a su servicio, durante su reinado?
Lo diremos ya para no entretenernos con disquisiciones inútiles y que a nada conducen: por supuesto que hubo luchas y conflictos y reconquistas durante los ocho gloriosos siglos en que se tuvo el buen sentido de permitir que en España hubiera tres culturas que se nutrían mutuamente. Pero esas luchas, conflictos y reconquistas estuvieron intercaladas en un largo periodo de convivencia entre tres etnias religiosas bien diferenciadas, conformando así un pueblo híbrido en una tierra mestiza. Nada más absurdo que la neurosis neogótica que quiere convencernos de que la esencia de lo español hay que ir a buscarla en el residuo hispanogodo o hispanorromano frente a ochocientos años de bendita promiscuidad entre cristianos, moros y judíos.
No se entiende lo que es España, y ni siquiera lo que es un español, sin tener en cuenta la mezcla racial de la que venimos. No se entiende una ciudad como Toledo, por poner sólo un ejemplo, donde el culto de la comunidad hebrea coexistió con el cristiano y musulmán, como muestran las dos sinagogas que aún se conservan allí, la de Santa María la Blanca y la del Tránsito. No se entiende la literatura española, o castellana, como se quiera, sin esa convivencia. ¿Cómo se explica, si no, la literatura hebraico-española? ¿Cómo se entiende, si no, la literatura aljamiada medieval, escrita en romance con caracteres arábigos? ¿Cómo se explica la cultura mozárabe de los cristianos que vivían en tierra de moros? ¿Cómo se puede entender, sin tener en cuenta esta convivencia, que un rey de Castilla como Fernando III el Santo fuera considerado "rey de las tres religiones"? ¿Qué explicación se le puede dar, entonces, a que el Arcipreste de Hita, ya en el siglo XIV, comenzara la famosa Convocatoria del Don Carnal de su Libro de Buen Amor con estas palabras tan reveladoras, a modo de pregón a todo el pueblo:
"Don Carnal poderoso por la gracia de Dios a todos los xristianos, moros e judiós".
Son sólo algunos ejemplos, cuidado, pero hay más, por supuesto. Si algo sobra en esta tierra son los ejemplos que demuestran que lo que hoy llamamos España surgió de un intercambio mutuo de saberes como quizá no se volverá a repetir nunca. Pero se me ocurre ahora, a bote pronto, una última muestra; un viejo proverbio medieval español afirmaba: "A más moros, más ganancia". ¿Por qué? Porque los moros, económicamente, dependían de los grandes señores castellanos, cristianos viejos, que obtenían pingües beneficios de las actividades artesanales de los mudéjares, que también eran duchos en las artes de la huerta y el cultivo de árboles frutales, en tierras de regadío.
Ahora bien, esa convivencia de la que hemos hablado se empezó a quebrar a mediados del siglo XIV, época terrible de hambrunas, guerras y pestes. Y ya se sabe que cuando el mal aprieta se buscan culpables de modo absurdo. ¿Por qué Dios nos envía estas desgracias?, debía de preguntarse la gente ignorante del trescientos. ¿No será porque en nuestra tierra hemos admitido a los judíos que mataron a Cristo y a los moros que lo ignoran? Y aún más, ¿no viven casi mejor ellos que nosotros en esta tierra destinada a convertirse en salvaguardia del cristianismo? Se unió así el fanatismo religioso con dos lacras que van a constituir un continuum en la vida española, a saber: la idea política de la unidad geográfica bajo una misma autoridad civil y una única autoridad religiosa, y la secular plaga del dolor por el bien ajeno, es decir, el histórico sentimiento de la envidia, tan español.
Hasta entonces, los judíos se habían integrado en buena parte de la burguesía ciudadana, eran tenderos y artesanos; durante siglos vivieron bajo el amparo de los reyes, a quienes sirvieron como funcionarios. Muchos fueron secretarios y administradores de los bienes de la nobleza, tras demostrar una especial aptitud en todo lo referente a la gestión de las riquezas. En algunas profesiones, como la medicina, ejercerán casi un monopolio.


